Titulos reales

Además de la Piedra de Palermo, las fuentes básicas con las que cuentan los
egiptólogos para construir la cronología tradicional del cambio político en Egipto son
la historia de Manetón (por desgracia conservada sólo en forma de pasajes
compilados por autores posteriores, como Flavio Josefo, Julio Africano, Eusebio y
Jorge Sincello), las llamadas listas reales, los registros fechados de observaciones
astronómicas, los documentos textuales y artísticos (como relieves y estelas) con
descripciones aparentemente relativas a acontecimientos históricos, la información
genealógica y las sincronías con fuentes no egipcias, como las listas reales de los
reyes asirios. Para las Dinastías XXVIII a XXX , la Crónica Demótica es una fuente
única fechada a comienzos de la época ptolemaica referida a los acontecimientos
políticos del último período de la Baja Época, que hasta cierto punto compensa la
escasez de información proporcionada por los papiros y monumentos de la época (así
como el hecho de que Manetón se limita a dar los nombres y la duración de los
reinados de los soberanos).Wilhelm Spiegelberg y Ja11net Johnson han demostrado
que una cuidadosa traducción e interpretación de las «declaraciones oraculares» de
este documento pseudoprofético puede arrojar nueva luz no sólo sobre los
acontecimientos del período (como la sospechada corregencia entre Nectanebo I y su
hijo Teo), sino también sobre el contexto ideológico y político del siglo IV a.C.
Como otros muchos pueblos de la Antigüedad, los antiguos egipcios fechaban los
acontecimientos políticos y religiosos importantes no según el número de años
transcurridos desde un punto fijo en la Historia (como es el caso del nacimiento de
Cristo en el moderno calendario occidental), sino de los años pasados desde el
ascenso al trono del rey actual (años de reinado). Por lo tanto, las fechas aparecen
recogidas según el formato siguiente: «Día 2 del primer mes de la estación de peret
del quinto año de Nebmaatra (Amenhotep III)». Es importante recordar que para los
egipcios, al expresar las fechas en el modo en que lo hacían, el reinado de cada rey
representaba un nuevo comienzo, no de forma filosófica, sino práctica. Esto significa
que probablemente hubiera una tendencia psicológica a considerar cada nuevo
reinado como un nuevo punto de origen, es decir, que esencialmente lo que cada rey
hacía era recrear los mismos mitos universales de la realeza dentro de los
acontecimientos de su propia época.
Un aspecto importante de la realeza egipcia durante todo el Período Faraónico fue
la existencia de varios nombres diferentes para cada soberano. En el Reino Medio
cada rey ya tenía cinco nombres (la llamada «titulatura quíntuple»), cada uno de los
cuales se refería a un aspecto concreto de la realeza: tres de ellos hacían hincapié en
el papel del rey como dios, mientras que los otros dos enfatizaban la supuesta
división de Egipto en dos tierras unificadas. El nombre de nacimiento (o nomen),
como Ramsés o Mentuhotep, iba precedido por el título «hijo de Ra» y era el único
que se le daba al faraón nada más nacer. Por lo general suele ser el último en aparecer
en las inscripciones que identifican al rey con la secuencia completa de sus nombres
y títulos. Los otros cuatro nombres —Horas, nebty («el de las dos señoras»), (Horas
de) oro y nesu-bit («el del junco y la abeja»)— se le otorgaban en el momento de su
ascenso al trono y en ocasiones sus componentes pueden expresar parte de la
ideología o intenciones político-religiosas del rey en cuestión. En cuanto a los
soberanos de la Dinastía 0 y comienzos del Dinástico Temprano, sólo conocemos
«nombres de Horas», por lo general escritos dentro de un serekh (una especie de
representación esquemática de la puerta de acceso al palacio), sobre el cual aparece
posado un Horas halcón. Fue uno de los últimos reyes de la I Dinastía, Anedjib (c.
2900 a.C.), el primero en poseer un nombre de nesu-bit (Merpabia); pero no sería
hasta el reinado de Esnefru (2613-2589 a.C.), en la IV Dinastía, cuando este nombre
se rodeó por primera vez por la familiar forma del cartucho (un lazo que lo rodea y
quizá signifique la extensión infinita de los dominios reales).
El título nesu-bit se ha traducido a menudo como «rey del Alto y del Bajo
Egipto», pero en realidad posee un sentido mucho más complejo y significativo. Nesu
parece hacer referencia al inalterable rey divino (casi a la propia realeza), mientras
que la palabra bit describe al actual y efímero poseedor de la realeza, es decir, al rey
que ejerce el poder en un momento concreto del tiempo. Por lo tanto, cada rey era
una combinación de lo divino y lo mortal, el nesu y el bit, del mismo modo que el rey
vivo estaba relacionado con Horus y los reyes difuntos (los antepasados regios)
asociados con Osiris, el padre de Horus. La tradición del culto a los antepasados
reales difuntos nació de la creencia de los egipcios en que sus reyes eran
encarnaciones de Horus y Osiris. Esta convención, mediante la cual el soberano
actual rendía homenaje a sus predecesores, fue el motivo de la creación de las
llamadas listas reales, que no son sino listados de nombres de soberanos escritos en
los muros de tumbas y templos (las más importantes se encuentran en los templos de
Seti I y Ramsés II en Abydos, de la XIX Dinastía); pero también sobre papiros (de los
cuales sólo se conserva un ejemplo, el llamado Canon deliran) o en remotos grafitos
en las rocas del desierto, como la lista de la mina de limolita de Wadi Hammamat en
el Desierto Oriental. La continuidad y estabilidad de la realeza se preservaban
realizando ofrendas a todos los reyes del pasado considerados como soberanos
legítimos, como vemos que realiza Seti I en su templo de culto en Abydos. Se suele
considerar que las listas reales formaron parte de las fuentes utilizadas por Manetón
para compilar su historia.
El Canon de Turín, un papiro ramésida fechado en el siglo XIII a.C., es la lista
real egipcia que más información proporciona. Comienza en el Segundo Período
Intermedio (1650-1550 a.C.) y se remonta con razonable exactitud hasta el reinado de
Menes, soberano de la I Dinastía (c. 3000 a.C.), e incluso más allá, hasta alcanzar una
prehistoria mítica durante la cual los dioses gobernaron Egipto. La duración del
reinado de cada rey aparece recogida en años, meses y días. También proporciona
cierta base para el sistema de dinastías de Manetón, pues a finales de la V Dinastía
sitúa una cesura (véase el capítulo 5).
Las listas reales no tienen que ver tanto con la historia como con el culto a los
antepasados: el pasado se presenta como una combinación de lo general y lo
individual, siendo celebradas la constancia y universalidad de la realeza mediante el
listado de los diferentes poseedores de la titularidad regia. En su comentario del Libro
II de Heródoto, Alan Lloyd escribe: «Como en su intento por situar acontecimientos
concretos en el marco de una ley o principio generales todos los estudios históricos
incluyen lo general y lo particular, entre ambos siempre se produce tensión, que en el
caso de Egipto se resolvió abrumadoramente a favor de lo particular». El conflicto
entre lo general y lo particular es, indudablemente, un factor importante en la
cronología y la historia del Antiguo Egipto. Por lo general, los textos y objetos que
forman la base de la historia egipcia transmiten una información que es o bien
general (mitológica o ritual) o bien particular (histórica), por lo cual el quid para
realizar una reconstrucción histórica consiste en diferenciar tan claramente como sea
posible entre ambos tipos de información, teniendo en cuenta la tendencia egipcia a
difuminar los límites entre ambas.
El egiptólogo suizo Erik Hornung describe la historia de Egipto como una especie
de «conmemoración», tanto de la continuidad como del cambio. Del mismo modo
que el rey vivo puede ser considerado como sinónimo del dios halcón Horus, sus
súbditos (a partir como mínimo del Primer Período Intermedio) terminaron por
identificarse al morir con el dios Osiris. En otras palabras, los egipcios estaban
acostumbrados a la idea de representar a los seres humanos como una combinación
de lo general y lo particular. Por lo tanto, su sentido de la Historia comprendía en la
misma proporción lo específico y lo universal.