El monumento de Abidos mejor preservado es el gran templo construido por Seti I, fundador de la XIX dinastía y padre de Ramsés II. Este gran faraón lleva el sorprendente nombre de: «El hombre del dios Seth», dicho de otro modo, el asesino de Osiris. Y fue sin embargo él, Seti, quien hizo erigir el magnífico santuario, cuyos bajorrelieves alcanzan la perfección, como una ofrenda a Osiris.

La planta del edificio parece a la vez una escuadra y el jeroglífico egipcio que sirve para escribir la palabra «dios». Dos números rigen ese templo: el Dos (dos pilonos, dos patios, dos salas con columnas) y el Siete (siete puertas de entrada, siete capillas). El Siete oculta el secreto de la vida en espíritu. El pilono, los dos grandes patios, el jardín y los árboles han desaparecido. La fachada actual es, en realidad, un pórtico de doce pilares que servía de fondo al segundo gran patio. Se accede, pues, directamente al templo cubierto y a la primera sala hipóstila por un corta rampa. Y de inmediato se produce el contacto con el Siete: siete puertas, de las cuales cuatro estuvieron tapiadas.

Ramsés II

A la izquierda de la entrada del templo cubierto se ve a Ramsés II llevando a cabo el supremo acto del ritual: ofrece una estatuilla de la diosa Maat, la armonía, la rectitud y el acierto al mismo tiempo, a una tríada compuesta por Osiris, Isis y Seti I. Éste es considerado, por tanto, como Horus, heredero y sucesor de su padre. La primera sala con columnas (52 x 11 m) está dividida en siete tramos que
corresponden a siete capillas donde se veneran tríadas. Puede contemplarse especialmente la purificación del rey llevada a cabo por dos dioses, Horus y Thot.

La segunda sala hipóstila tiene la misma anchura que la primera y cuenta también con veinticuatro columnas. El suelo sube, el techo baja. Los bajorrelieves, de una belleza que corta la respiración, muestran a Seti I realizando actos rituales en presencia de las divinidades. Aquí se revelan los episodios del «culto divino cotidiano» durante el cual el faraón despierta el poder divino abriendo el naos que contiene la estatua. Hace ofrenda del ojo de Horus, símbolo de todas las ofrendas, el incienso, la viste y la alimenta con la esencia sutil de la creación.

Así se reanima la presencia divina, el corazón del templo late de nuevo por un día, un ciclo completo análogo a la eternidad. Cuando la ofrenda principal, la de Maat, se ha realizado, el rey vuelve a colocar la estatua en el misterio, cierra «las puertas del cielo» y borra a continuación las huellas de sus pasos. La capilla de Osiris ofrece notables particularidades. En el muro del fondo de las otras seis capillas hay una estela de ofrenda; el de la capilla de Osiris da a un pasadizo que lleva a una especie de trastemplo, situado detrás de las siete capillas egipcias.

Osiris

Este santuario de Osiris en Egipto comporta una sala principal de diez columnas, con tres capillas a la derecha y, a la izquierda, una pequeña sala de cuatro columnas que termina en tres capillas más. En el ángulo noroeste descubrimos un elemento excepcional de este trastemplo: una pequeña sala con dos columnas sin abertura alguna. ¿Hay mejor manera de sugerir que el misterio último no puede desvelarse? Hemos recorrido el eje principal del templo, desde la primera sala de columnas hasta el santuario de Osiris. Aún nos queda por explorar la otra parte del templo, hacia el sudeste.

Situémonos ante la capilla de Seti I, la situada más a la izquierda de  as siete. Al cruzar la puerta entramos en una sala con tres columnas que da a dos capillas, una consagrada a Nefertum (a nuestra izquierda) y la otra a Ptah-Sokaris (a nuestra derecha). Las dos divinidades están asociadas a los ritos osiríacos y, en la capilla de Ptah, se ve a Isis, en forma de rapaz, despertando la virilidad de Osiris muerto.

Isis

Se hace fecundar por el resucitado para dar nacimiento a Horus. Al salir por la puerta de la sala de tres columnas, tomaremos otra vía de acceso al ala sur del templo, a saber, una puerta situada al extremo de la segunda sala de columnas. Penetramos en un largo pasillo. En el techo, algunas estrellas y cartuchos, óvalos alargados que contienen nombres reales. En los muros, Seti I, acompañado por su hijo Ramsés, hace ofrenda del incienso a setenta y seis faraones, venerados antepasados cuya alma ha subido al cielo para vivir allí en compañía de las estrellas.

Desde este pasillo podemos dirigimos hacia las salas del sur, o tomar la escalera que llevaba al tejado del templo. En la primera sala de seis columnas que se abre en este pasillo probablemente se depositaban las barcas de los dioses utilizadas durante las procesiones. Las demás salas son almacenes para los objetos sagrados, talleres y dependencias varias. Se sale del templo por una escalera cuyas paredes están decoradas con escenas rituales. Una de ellas muestra al faraón enseñando a su hijo el arte de atrapar con el lazo un toro salvaje, encarnación de la potencia vital, el ka.

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