Ritos funerarios egipcios

El efecto de la construcción de una pirámide no se detenía con la compleción del
propio edificio. Cada complejo piramidal era el centro del culto de un rey fallecido,
que se suponía que debía continuar indefinidamente. Su intención era la de satisfacer
las necesidades del rey y de una forma menos directa la de sus dependientes, es decir,
los miembros de su familia y los funcionarios y sacerdotes enterrados en las tumbas
cercanas. El principal beneficiario era el propio soberano, que durante su vida dotaba
a su pirámide con tierras o hacía los arreglos necesarios para que recibiera
contribuciones del Tesoro. Las disposiciones del culto implicaban la presentación de
ofrendas, si bien es probable que sólo una pequeña parte de los productos disponibles
en esas fundaciones terminaran en los altares y mesas de ofrendas (además,
posiblemente no se desperdiciarían, sino que serían reciclados, ya fuera consumidos
por el personal del templo o distribuidos de una forma más amplia). La mayor parte
de esta producción se destinaba a mantener a los sacerdotes y funcionarios
implicados en el culto funerario, así como a los artesanos que vivían en la ciudad de
la pirámide o bien era redirigida para mantener los cultos funerarios de tumbas no
reales. Se trata de un modo característicamente egipcio de redistribuir el producto
nacional y hacer que sus beneficios recorrieran todos los estratos de la sociedad
egipcia. No obstante, como las donaciones de tierras realizadas a las fundaciones de
las pirámides estaban protegidas para siempre por decretos reales que las hacían
permanentes e inalienables, esto supuso una reducción del poder económico del rey.
Las disposiciones para el culto funerario real afectaban incluso a las provincias.
El culto de Esnefru pudo haberse centrado en un número de pequeñas pirámides
escalonadas, cada una de las cuales tenía una planta de aproximadamente veinte
metros de lado, de las que se conocen al menos siete (en Elefantina, Edfu, El Kula,
Ombos, Abydos, El Seila y Zawiet el Mayitin). Sólo una de ellas, la de El Seila,
puede datarse con precisión en el reinado de Esnefru, gracias a una estela y una
estatua.
Los grandes proyectos constructivos también proporcionaron estímulos para las
expediciones que se enviaban al extranjero con la intención de conseguir minerales y
otros recursos no disponibles en el propio Egipto. Estaban organizadas por el Estado:
antes de la VI Dinastía no se conoció otra forma de comercio a larga distancia. Los
nombres de Djoser, Sekhemkhet, Esnefru y Khufu aparecen en inscripciones
rupestres en las minas de cobre y turquesa de Wadi Maghara, en la península del
Sinaí. Es posible que Djoser fuera precedido allí por Nebka, si es que éste es el
mismo rey que el Horus Sanakht. La Piedra de Palermo contiene un registro donde se
menciona que durante el reinado de Esnefru se trajeron de una región extranjera sin
especificar cuarenta barcos cargados de madera. Los nombres de Khufu y Djedefra
aparecen escritos en las canteras de gneis situadas en lo profundo del Desierto
Occidental nubio, a 65 kilómetros al noroeste de Abu Simbel. La grauvaca y la
limolita para la fabricación de estatuas procedían de Wadi Hammamat, situado entre
Koptos (la moderna Qift) y el mar Rojo. La presencia de objetos egipcios de los
reinados de Khufu, Khafra y Menkaura en Biblos, al norte de Beirut, así como de
época de Khafra en Tell Mardik (Ebla), en Siria, probablemente se expliquen por el
comercio o la diplomacia.
Durante la III y la IV Dinastías no existieron amenazas serias para Egipto
procedentes del extranjero. Las campañas militares en las regiones limítrofes, sobre
todo Nubia y Libia, deben entenderse como un medio de explotación de las zonas
vecinas en busca de los recursos disponibles. Subyugar a los enemigos externos de
Egipto era una de las principales obligaciones del rey egipcio y en este caso la
doctrina de la realeza y la realpolitik coincidían del modo más conveniente. La mayor
parte de las pruebas proceden del reinado de Esnefru, pero probablemente no se trató
de un caso único, sólo del mejor documentado. Este tipo de cruda política exterior
parece haber sido particularmente habitual durante la IV Dinastía, cuando la
economía del país posiblemente se llevaba hasta sus límites. Nubia fue el destino de
una gran expedición enviada por Esnefru en busca de recursos, como cautivos y
rebaños de ganado además de materias primas, incluida la madera. La Piedra de
Palermo registra un botín de 7.000 cautivos y 200.000 cabezas de ganado. Estas
campañas destruyeron los asentamientos locales y despoblaron la Baja Nubia (situada
entre la primera y la segunda catarata del Nilo), con el aparente resultado de la
desaparición de la cultura local conocida como Grupo A (véase el capítulo 4).
Durante la IV Dinastía se creó un asentamiento en Buhen, en la zona de la segunda
catarata.
La construcción monumental proporcionó oportunidades sin precedentes a los
artistas, sobre todo a los que fabricaban estatuas y tallaban relieves. La experiencia en
el trabajo de la piedra a pequeña escala conseguida durante los períodos anteriores se
convirtió en escultura a gran escala, con resultados brillantes. Los complejos
piramidales regios estaban dotados de estatuas, sobre todo del rey, en ocasiones
acompañado por deidades. Si bien para nosotros sus cualidades estéticas son
sorprendentes, estas obras de arte eran ante todo funcionales. Así, la primera estatua
de gran tamaño que se ha conservado, la de Djoser, se encontró en el templo de su
pirámide, en Sakkara. Estaba situada dentro del serdab («habitación para estatuas», a
partir de la palabra árabe que significa «sótano»), en la cara norte de la pirámide, y su
intención era la de ser una manifestación secundaria del ka («espíritu») del rey, tras el
propio cuerpo. Un motivo similar se asigna a las estatuas de las tumbas de los
particulares.
El número de estatuas reales colocadas en los templos se incrementó a lo largo de
la IV Dinastía. La estatua de gneis de Khafra, protegida por un halcón (posado en la
parte posterior de su trono como manifestación del dios Horus, con el cual el rey era
identificado), es una obra maestra que se imitó a menudo en épocas posteriores, pero
que nunca se igualó. En los templos de las deidades locales también había estatuas de
dioses, pero no se ha conservado casi ninguna de ellas.
A partir de mediados de la IV Dinastía, los templos y calzadas asociados a las
pirámides estaban decorados con soberbios altorrelieves y lo mismo ocurrió en las
capillas de muchas tumbas. Los relieves no eran mera decoración, sino que
expresaban conceptos como la realeza en los monumentos del soberano o, en el caso
de los muertos no pertenecientes a la realeza, satisfacían sus necesidades en la otra
vida; su inclusión en templos y tumbas garantizaba su perpetuidad. Las estelas de
madera de los nichos de la tumba en Sakkara de Hesira, funcionario de Djoser (en la
actualidad en el Museo Egipcio de El Cairo), presentan un alto nivel de calidad en la
decoración en relieve en un período notablemente temprano. Estos relieves los
creaban los mismos artistas que trabajaban en los monumentos reales y, al igual que
las tumbas y sus estatuas, se trataba de regalos del soberano.
En esta época la escritura jeroglífica se convirtió en un sistema plenamente
desarrollado, empleado con propósitos monumentales. Su homóloga cursiva, llamada
hierática por los egiptólogos, se utilizaba para escribir sobre papiro, pero el hallazgo
de este tipo de documentos anteriores a la V Dinastía es extremadamente raro.