Primer periodo intermedio de Egipto

El Primer Período Intermedio no sólo fue un período de desorden en términos de
sucesión en el trono de Egipto, también fue un período de crisis y novedades que
afectaron a toda la sociedad y la cultura egipcias. Se trata de algo que se puede
apreciar en cuanto nos fijamos en los monumentos. Los complejos mortuorios de los
reyes y altos funcionarios del Reino Antiguo situados en los cementerios de la
capital, Menfis, son en buena medida los responsables de haber dado forma a nuestras
ideas sobre el Estado egipcio. Esta serie de espectaculares edificios se interrumpió
tras el reinado de Pepi II y sólo revivió con Mentuhotep II y su templo funerario en
Deir el Bahari, en la Tebas occidental.
Para ajustarse a estas circunstancias, en ocasiones el límite inferior del Primer
Período Intermedio se retrasa para incluir en él las tres décadas durante las cuales los
reyes del linaje menfita que siguió a Pepi II mantuvieron el poder. Aunque se toman
algunas libertades con el esquema de la división en dinastías de la historia egipcia,
este punto de vista no es por completo injustificado. De hecho, la construcción a gran
escala puede ser comprendida como prueba válida, no sólo de la naturaleza de las
instituciones centrales del Estado, sino también del hecho de que todavía estaban
funcionando. El gran vacío existente en el registro monumental durante el Primer
Período Intermedio sugiere, por lo tanto, que el sistema social se había fragmentado,
tanto en su organización política como en sus pautas culturales.
Igual de evidente resulta que los datos arqueológicos y epigráficos del Primer
Período Intermedio señalan la existencia de una próspera cultura en los niveles más
pobres de la sociedad, así como un vigoroso desarrollo social en las ciudades
provinciales del Alto Egipto. Más que el colapso total de la sociedad y la cultura
egipcias en general, el Primer Período Intermedio se caracterizó por un importante, si
bien temporal, cambio en el emplazamiento de sus centros de actividad y dinamismo.
Para poder comprender tanto la crisis del Estado faraónico como los procesos que
terminaron llevando al restablecimiento de una organización política unificada sobre
una nueva base es crucial investigar los modos en que las instituciones políticas están
enraizadas en la sociedad. Gran parte de la historia de Egipto tiende a concentrarse en
la residencia real, los reyes y la «cultura cortesana»; pero al escribir la historia del
Primer Período Intermedio es necesario concentrarse en las ciudades provinciales y
en las propias personas que forman los elementos más básicos de la sociedad.

Capital y provincias

El Estado faraónico apareció originalmente como un sistema centralizado. Desde
el primer momento sus instituciones clave —el rey y su corte— estuvieron
firmemente asentadas en la capital. Allí se concentraba también la élite social, así
como el control de las tradiciones de la alta cultura y los expertos de la
administración. Además, las instalaciones de la religión estatal y el culto del rey y sus
antepasados divinos estaban localizados en las inmediaciones de la capital. La
administración del país estaba controlada por emisarios reales, a quienes se
encomendaban amplias secciones del valle del Nilo. Si bien estos administradores se
encargaban de las provincias, seguían manteniendo su relación con la residencia real
y continuaban considerándose a sí mismos como miembros de la élite social de la
capital. Hasta bien avanzada la V Dinastía no es posible ver fuera de la región
menfita ninguno de los logros culturales que representan la grandeza de Egipto.
Existía un gran abismo de desigualdad social y cultural entre el país y sus
gobernantes.
No obstante, en la V Dinastía comenzó a producirse un profundo cambio en el
sistema, que para finales de la VI Dinastía ya estaba completamente terminado. A
partir de este período los administradores provinciales fueron nombrados para cada
nomo concreto y pasaron a residir de forma permanente en sus distritos. Al igual que
en otras ramas de la administración, con frecuencia los miembros de una misma
familia se sucedían unos a otros en el cargo. Si bien este cambio político
probablemente estuviera destinado a mejorar la eficacia de la administración
provincial, terminó teniendo insospechadas consecuencias de gran alcance. En primer
lugar, supuso un cambio en los patrones socioeconómicos presentes en el corazón del
sistema. Al principio, los recursos económicos se concentraron en la residencia real y
la administración central se encargaba de redistribuirlos a sus beneficiarios. A partir
de ahora, sin embargo, los nobles que residían en las provincias consiguieron acceso
directo a los productos del país. La oposición entre el centro y las provincias
comenzó a actuar como factor diferenciador en lo que anteriormente había sido un
homogéneo grupo de funcionarios pertenecientes a la élite.
La aristocracia provincial estaba ansiosa por asegurarse de que este modo de vida
iba parejo al de la corte real. Esto resulta evidente en las tumbas monumentales
decoradas que comenzaron a aparecer por todo el país en los cementerios de los
centros regionales. Patrones iconográficos, modelos textuales y el conocimiento
religioso y ritual fluyeron desde su reserva central de la cultura cortesana hacia la
periferia. Por otra parte, como medio de mantener y fortalecer los lazos de lealtad
entre los aristócratas provinciales y la corte, fue el propio rey quien, además de
costosos bienes, les proporcionó artesanos especializados y expertos en los rituales
formados en la Residencia. No obstante, estas tumbas no son sino la punta del
iceberg; de hecho, las diferentes élites provinciales y su personal actuaban como
centros autónomos dentro de la organización política, manteniendo profesionales
especializados y destinando una parte cada vez mayor de la producción local para ser
utilizada dentro de la propia provincia (en vez de permitir que fuera explotada por la
corte real), generando así un cambio en los patrones sociales y económicos de las
provincias. El Egipto rural se volvió más rico económicamente hablando y más
complejo en el aspecto cultural.