Nagada II

Durante la segunda fase de la cultura Nagada tuvieron lugar cambios
fundamentales, producidos no en las zonas marginales, sino en el corazón mismo del
Amraciense; en esencia se trató más de una evolución que de un cambio brusco. La
fase Nagada II se caracteriza sobre todo por la expansión, pues la cultura gerzense se
difundió desde su punto de origen en Nagada hacia el norte (Minshat Abu Ornar, en
el delta) y hacia el sur (Nubia).
Hubo una evidente aceleración de la tendencia funeraria apreciada por primera
vez en el Amraciense, con unos pocos individuos enterrados en tumbas más grandes
y elaboradas, con unos ajuares funerarios más ricos y abundantes. El Cementerio T de
Nagada y la Tumba 100 de Hieracómpolis (llamada la «tumba pintada») son buenos
ejemplos de esta generalizada tendencia.
Los cementerios gerzenses incluyen un amplio repertorio de tipos de tumba, que
van desde las pequeñas tumbas ovaladas o redondas, con pocas ofrendas, hasta
enterramientos en recipientes de cerámica, pasando por la excavación de recintos
rectangulares divididos por muretes de adobe, con compartimientos específicos para
las ofrendas. Había ataúdes de madera y barro sin cocer, además de producirse los
primeros intentos por envolver los cuerpos en tiras de lino. Este tipo de
«momificación» temprana se puede ver en un tumba doble de Adaima, un yacimiento
del Alto Egipto que desde 1990 está excavando el Instituto Arqueológico Francés de
El Cairo. Por lo general, los enterramientos de Nagada II siguen siendo individuales;
pero los múltiples, con hasta cinco individuos, se hacen más abundantes. Los rituales
funerarios parecen más complejos, en algunos casos con desmembramiento del
cadáver, una práctica no atestiguada en la fase precedente. En la T5 de Nagada, una
serie de huesos largos y cinco cráneos se dispusieron siguiendo los muros y en
Adaima hay algunos ejemplos de cráneos separados de sus torsos. La posible
existencia de sacrificios humanos fue planteada por Petrie para Nagada y en Adaima
se han identificado dos casos de gargantas cortadas seguidas de decapitación. Si bien
son escasas y dispersas, estas posibles pruebas de autosacrificio pueden haber sido un
temprano preludio a los sacrificios humanos en masa enterrados en torno a las tumbas
reales del Dinástico Temprano en Abydos, que supusieron un punto de inflexión en la
aparición de la realeza egipcia del Período Dinástico.
Surgieron dos nuevos tipos de cerámica: el primero es una «cerámica basta» que
apareció en tumbas fechadas en esta fase, pero que posteriormente se encuentra en
contextos domésticos; el segundo es una «cerámica margosa», fabricada en parte con
una arcilla calcárea procedente más de los wadis del desierto que del valle del Nilo.
La cerámica margosa, en ocasiones decorada con dibujos de color ocre sobre fondo
crema, reemplaza a la cerámica roja con dibujos blancos de la fase Nagada I. Se
dibujan dos tipos de motivos: geométricos (triángulos, espiguillas, espirales,
ajedrezados y líneas onduladas) y figurativos. El repertorio se limita a unos diez
elementos, combinados según un sistema de representación simbólica que todavía no
se comprende del todo.
El motivo predominante en el arte figurativo de esta fase es el barco; su
omnipresencia refleja la importancia del río, no sólo como fuente de peces y aves
silvestres, sino también como principal vía de comunicación, imprescindible para la
expansión tanto hacia el norte como hacia el sur de la cultura Nagada. Gracias al
barco se obtenían materias primas como marfil, oro, ébano, incienso y pieles de gatos
salvajes, del sur, y cobre, aceites, piedra y conchas venidas del norte y del este,
destinadas sobre todo a una élite social cuya posición se diferenciaba cada vez más
del resto de la población. En estas imágenes el barco representa tanto un medio de
transporte como un símbolo de categoría social. No obstante, resulta evidente que a
partir de esta época el Nilo, que fluye de sur a norte, se había transformado también
en un río mítico por el que navegaban los primeros dioses. La relación entre el orden
humano y el orden cósmico ya se estaba estableciendo.
Durante la fase Nagada II se produjo un considerable desarrollo de las técnicas
del trabajo de la piedra. Se descubrieron y explotaron a lo largo de todo el Nilo, así
como en el desierto, especialmente en Wadi Hammamat, varios tipos de caliza,
alabastro, mármol, serpentina, basalto, brecha, gneis, diorita y gabro. La cada vez
mayor habilidad en el trabajo de la piedra dejó el camino expedito para los grandes
logros de la arquitectura faraónica en este material. Los cuchillos ripple-flakled de
esta época figuran entre los mejores ejemplos de trabajo en sílex de cualquier lugar
del mundo.
Las paletas para cosméticos reducen su número, evolucionando hacia formas
simples rectangulares y romboidales, al mismo tiempo que empiezan a decorarse con
relieves, comenzando una práctica que irá evolucionando hacia las paletas decoradas
de estilo narrativo de la fase Nagada III. Las cabezas de maza discoidales del Período
Amraciense son reemplazadas por las piriformes, dos ejemplares de las cuales ya se
conocen de época anterior en el asentamiento neolítico de Merimda Beni Salama. En
la fase Nagada II la cabeza de maza ya se había transformado misteriosamente en un
símbolo de poder y durante la época faraónica fue el arma que blandía el rey
victorioso.
El trabajo del cobre se intensificó, dejando de estar limitado a pequeños objetos y
comenzando a producirse de forma progresiva objetos que reemplazaron a otros de
piedra, como hachas, hojas, brazaletes y anillos. Junto a los progresos en la
metalurgia del cobre se aprecian otros similares en el uso del oro y la plata; de hecho,
las pruebas encontradas en yacimientos como Adaima sugieren que el creciente
atractivo del metal puede muy bien ser la explicación de gran parte de los robos de
tumbas producidos durante el Período Predinástico.
La imagen de la sociedad Nagada II que obtenemos es la de la una base perfecta
para el desarrollo de una clase de artesanos especializados al servicio de la élite. Las
consecuencias de ello son dobles: la primera es que tenía que existir una economía
capaz de mantener grupos de artistas no productores, al menos durante una parte del
año; la segunda, que hubo centros urbanos que reunían a clientes, talleres, aprendices
de artesano y servicios necesarios para el intercambio comercial.
Este proceso de desarrollo cultural estuvo siempre estrechamente ligado al Nilo.
Tal y como mostró Michael Hoffman en su interpretación de los restos predinásticos
de Hieracómpolis, los asentamientos se agrupaban cerca del río, donde se encontraba
la tierra cultivada y unas sencillas técnicas de irrigación artificial permitían
aprovechar la crecida anual. Todo el valle del Nilo estaba ocupado por varios
poblados, que a menudo sólo conocemos por sus cementerios. Tenemos pruebas de la
existencia de diferentes clases de cebada, trigo, lino, frutos (como la sandía y los
dátiles) y verduras. Al igual que en la fase anterior, las reses, cabras, ovejas y cerdos
formaban el grupo de animales de cría. Entre los animales domésticos, y a juzgar por
sus enterramientos en el interior del asentamiento de Adaima, el perro disfrutaba de
una categoría especial. Los peces también desempeñaron un papel importante en la
dieta, pero la caza de grandes mamíferos de río y de desierto (como el hipopótamo, la
gacela y el león) fue poco a poco quedando restringida socialmente, hasta que
terminó convertida en una prerrogativa de los grupos de la élite social.
En el Alto Egipto surgieron tres grandes centros urbanos: Nagada, la «ciudad del
oro», en la boca de Wadi Hammamat; Hieracómpolis, más hacia el sur; y Abydos,
donde terminaría estando la necrópolis de los primeros faraones. En Nagada, Petrie y
Quibell descubrieron en 1895 dos grandes zonas residenciales: la «ciudad sur» (en la
parte central del yacimiento) y la «ciudad norte». La «ciudad sur» cuenta con una
gran estructura rectangular de 50 x 30 metros, que posiblemente sean los restos de un
templo o una residencia real. Al sur de esta gran estructura se pueden distinguir un
grupo de casas rectangulares y un recinto. Estos dos elementos, la casa rectangular y
el muro del recinto, son típicos de las nacientes ciudades de Nagada II. Si bien existe
escasez de restos arqueológicos primarios para los asentamientos de esta época, dos
objetos encontrados en un contexto funerario ayudan a compensar esta deficiencia. El
primero es un modelo en terracota de una casa, hallada en una tumba gerzense en El
Amra (Museo Británico). En una tumba amraciense de Abadiya apareció un segundo
modelo de casa (Oxford, Ashmolean Museum) con un muro almenado, detrás del
cual aparecen dos personas de pie; la fecha amraciense del segundo modelo sugiere
que las casas de este tipo comenzaron a utilizarse en época relativamente temprana.

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