A 1,5 km aproximadamente al sudoeste del Ramesseum, en el límite de los cultivos, se levanta la imponente masa de Medinet Habu. Ramsés III (1186-1154) hizo construir esta ciudad-templo en el emplazamiento de la colina primordial donde Amón apareció por primera vez. El paraje fue denominado «Unido a la eternidad» o, más exactamente, «Lo que fusiona la eternidad», y se considera que en gran parte desea parecerse al Ramesseum, el templo funerario de Ramsés II al que Ramsés III consideraba un modelo.

En mucho mejor estado de conservación, Medinet Habu es el ejemplo más sorprendente de ciudad-templo. Además del gran templo del faraón, son todavía visibles otros edificios sagrados y los vestigios de un palacio, habitaciones de los sacerdotes, un lago sagrado, un nilómetro, talleres, locales administrativos, almacenes, graneros, una biblioteca, establos y pozos.

Más de sesenta mil personas trabajaban aquí, el visir tenía instalados sus despachos y presidía un tribunal de justicia. A fines de la época ramésida, cuando Tebas-oeste se convirtió en presa de pandillas de bandidos y el Estado no consiguió ya contener la inseguridad, Medinet Habu, con su gran muralla de ladrillos crudos, se convirtió en un templo-refugio. Esta vocación de asilo duró hasta la invasión árabe del siglo VII a. J. C.

Nilo

En el punto de llegada de la carretera que conducía a Medinet Habu había un embarcadero que señalaba el término de un canal que unía el Nilo al templo. Este dispositivo, habitual en Egipto, facilitaba la aportación de materiales de construcción y el despliegue de las procesiones. Tropezaremos con la sorprendente imagen de las dos torres fortificadas que custodian el acceso al territorio sagrado y lo convierten en un templo-fortaleza.

La elección de esta arquitectura, inspirada en un modelo sirio-palestino, obedece a razones mágicas. Ningún adversario podrá cruzar nunca esta barrera y apoderarse de este edificio. Faraón ha inscrito sus victorias en la piedra, él es el halcón Horus sobrevolando los cielos; aparece como el Sol y Cielo y Tierra se alegran de su acción pues su corazón es sabio y su discurso perfecto. Las torres constan de varios pisos donde se abren ventanas; sus bordes descansan sobre las cabezas de enemigos vencidos. Los adversarios de ayer se han convertido, por tanto, en soportes de aberturas por las que pasa la luz.

Rey

En el piso superior no encontramos ni escenas de guerra ni fragor de batallas, tan sólo representaciones del rey que disfruta de momentos de descanso al lado de jóvenes mujeres de la corte. También en este caso se trata de una protección mágica
contra los propios peligros de esta corte en la que algunos enemigos, internos esta vez, pueden revelarse tan perniciosos como unas hordas armadas.

Sabemos que una princesa, un intendente, un militar de alto rango, algunos escribas y un hechicero habían decidido asesinar al faraón. Fabricaron entonces figuras de hechizo para paralizar la guardia real. Los criminales fueron detenidos y juzgados. Se suprimieron sus nombres para sustituirlos por otros negativos («Ra me ama» se convirtió en «Ra me odia») y los cabecillas fueron condenados a suicidarse.

En el exterior del templo están inscritos los decretos reales que conceden a Medinet Habu las donaciones necesarias para su buen funcionamiento; se ha precisado también el calendario de las fiestas para que los ritualistas puedan cumplir escrupulosamente sus deberes. En el lado sudoeste del recinto, el rey parte hacia el desierto y las zonas pantanosas con el objetivo de cazar el antílope, el asno y el toro salvaje, tres criaturas del dios Seth cuya fuerza debe dominarse.

La caza y la guerra proceden de la misma voluntad civilizadora de Faraón; impedir que el desorden se instale controlando las
potencias peligrosas. Al nordeste, por otra parte, se representa la gran victoria de la flota egipcia sobre la flota de los Pueblos del Mar, temibles invasores cuyos barcos se ven zozobrando.

Divinas Adoractrices

Crucemos ahora el portal para acceder a una vasta explanada donde se han erigido dos excepcionales conjuntos arquitectónicos.
A la izquierda, las capillas de las Divinas Adoratrices, grandes sacerdotisas de Amón que desempeñaron un papel político y religioso de gran importancia durante las XXV y XXVI dinastías. Dotadas de prerrogativas faraónicas, gobernaron Tebas con prudencia y formaron una verdadera dinastía de mujeres; entre ellas aquí están presentes Amenirdis, Chepenupet, la hija del «faraón negro» Piankhi y Nitokris.

Una «llamada a los vivos» se dirige a quienes pasen ante estos santuarios para que veneren la memoria de las Divinas Adoratrices. Quien les testimonie respeto respirará el aliento de vida. Esas capillas se presentan como pequeños templos, la que se encuentra más al sur, la de Amenirdis, comprende un pronaos y un naos con deambulatorio. Está cubierta por una bóveda de piedra labrada y aparejada, la primera de este tipo que se conoce hasta hoy en Egipto.

En los muros se desarrollan escenas que muestran a las Divinas Adoratrices en presencia de las divinidades y viviendo rituales como el de la «Apertura de la boca». Se advertirá también la presencia de pasajes de los Textos de las Pirámides que demuestra la voluntad de estas sumas sacerdotisas de mantenerse fieles a la tradición primordial.

Amenhotep I

Frente a sus capillas, un pequeño templo. Construido por Amenhotep I, fue ampliado por los tres primeros Tutmosis y por Hatsepsut. Sin duda es el lugar más sagrado de Medinet Habu, puesto que se erigió en el emplazamiento del «cerro de Djeme» bajo el cual están enterradas las ocho divinidades primordiales que existían antes de la creación del mundo y favorecieron el nacimiento de la luz.

Después de haber preparado las condiciones necesarias para la vida en la tierra, durante una edad de oro en la que «la espina no pinchaba, en la que no había cocodrilo captor, ni serpiente que mordiera», las Ocho fueron a descansar bajo un túmulo, reunidas en
torno al Padre, Kema-tef, «el creador del instante». Considerándolas como sus antepasadas, el dios Amón les rendía homenaje cada diez días, así como durante la «Hermosa fiesta del Valle» en que los vivos comulgaban con los muertos resucitados.

XXV dinastía

Rodeado antaño de árboles, el elegante edificio fue objeto de múltiples añadidos y remodelaciones, especialmente en las épocas etíope, saíta y ptolemaica. Rodean el santuario propiamente dicho, una galería y algunas capillas. El patio se inició bajo la XXV dinastía y el pilono data de los Ptolomeos.

En el exterior del santuario, en el mino norte, contemplaremos escenas de fundación de un templo. Faraón elige el terreno, calcula el momento favorable en función de las indicaciones celestiales, tensa el cordel, excava la trinchera de fundación y moldea con sus manos la primera piedra. Un detalle insólito es el símbolo mineral de Amon (en el exterior del templo, al este), piedra misteriosa en la que el dios oculto reside.

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