La palabra árabe mastaba, «banqueta», es utilizada por los egiptólogos para designar las tumbas de los dignatarios del Imperio Antiguo cuya superestructura, en forma de paralelepípedo alargado, recuerda una gran banqueta. No hay una mastaba idéntica a
otra, tanto en su arquitectura como en su decoración. Cada una es una obra original que posee su propio genio. Algunas son de pequeño tamaño, otras tienen considerables dimensiones: 40 m de largo y 32 cámaras para la de Mereruka.

Toda mastaba comprende dos elementos. El primero es la cámara de resurrección subterránea donde la momia descansaba. Una vez realizados los ritos, se cegaba el pozo de acceso al sepulcro. El segundo elemento son la o las capillas, que pueden multiplicarse y son accesibles a los vivos. Así se adentran en un mundo encantado y mágico del que la muerte está excluida. En el interior de estas moradas de eternidad viven los «justos de voz», de juventud inmarcesible.

Serdab

Desde la capillita de la estatua (el serdab), por ejemplo en la mastaba de Ti, la estatua del resucitado en la que se encarna su ka nos contempla a través de una estrecha rendija practicada en la pared. Se establece así el punto de contacto entre el más allá y el aquí. Y en la mastaba de Mereruka vemos su impresionante estatua de ka abandonando la muerte y cruzando la puerta del más allá para dirigirse hacia la luz.

Cada mastaba es un lugar de vida transfigurada, y el apelativo de «aposento funerario» muestra muy a las claras nuestra dificultad para aprehender esta realidad, lo mismo sucede con el apelativo de «falsa puerta» que damos a la puerta de piedra entre lo visible y lo invisible, que sólo el ka puede cruzar. Hoy como ayer, el «propietario» de una mastaba exige respeto y atención. Si se le dedicó este monumento ello se debe a que vivió de acuerdo con Maat, a que practicó la justicia, dijo la verdad, dio pan al hambriento, agua al sediento, y una barca a quien carecía de ella. Al pronunciar su nombre, al posar nuestra mirada en los jeroglíficos y las escenas esculpidas, respondemos a su «llamada a los vivos».

La mastaba no es una tumba egoísta reservada a un individuo. Es la morada de eternidad de un dignatario, hombre o mujer, rodeado de su familia, de sus íntimos, de aquéllos que trabajaban a sus órdenes. Es, por lo tanto, toda una casa, una comunidad, la que sobrevive con el cumplimiento de los ritos. De un ser responsable, se ha escrito: «Fortaleció el nombre de sus subordinados, representando según sus funciones a las personas de calidad que formaban parte de su casa.»

Serapeum

En Saqqara existen dos grandes grupos de mastabas; el primero, al noroeste de la pirámide de Zoser, el segundo se halla al sudeste. Las más célebres son las mastabas de Ti (cerca del Serapeum), la de Ptah-hotep y de Akhet-hotep, y la de Mereruka; por
supuesto, cada una de ellas merece una visita en profundidad. Las mastabas no se limitan a descubrimos simples descripciones de la vida cotidiana de los antiguos egipcios, pues, como escribe François Daumas, «la vida de cada día, aun la más corriente, aun la más humilde y más necesaria… reviste un sentido profundo, cósmico».

Equiparables a funerales, las siembras son un rito osiríaco: la simiente parece morir, pero lleva en sí el germen de la resurrección. Segar la espiga madura es un acto sagrado al que acompaña la música de un flautista, que toca una melodía religiosa. Las primicias de la cosecha no están destinadas a los hombres sino a Osiris. Y en Ptah-hotep, cuando asistimos a la recolección de la uva, al pisado y al prensado, se evoca también la «pasión» osiríaca. Muchos siglos más tarde, la figura del «Cristo en la prensa» recordará el carácter sagrado de la viña.

Nebet

Cuando la reina Nebet huele una flor de loto, alimenta su ka con el perfume de la resurrección; y al hacer que los papiros rumoreen, se alejan las influencias nocivas para atraer las armónicas de la diosa Hator. ¿Atrapar pájaros con red? Eso es interrumpir la enloquecida carrera de las almas errantes. ¿Hacer que un rebaño de bueyes cruce un canal? Eso supone conjurar mágicamente los peligros que contienen las aguas. ¿Cazar un hipopótamo? Es apaciguar el furor bestial y devolver la fuerza instintiva a la paz de Maat ¿Abatir ritualmente un buey? Es dominar la potencia vital para transformarla en alimento del banquete.

Se trata de algunas de las diversas escenas que encontraremos en las mastabas y que encierran todas ellas un significado simbólico. Cuando vemos a los orfebres trabajando, no olvidemos que modelan el oro de los dioses, el único capaz de infundir vida a las obras. Cuando contemplamos a los carpinteros ensamblando las distintas partes de una embarcación, recordemos que el astillero es un lugar de iniciación en el que se reúnen las diversas partes dispersas del cuerpo de Osiris.

En la mayoría de las mastabas se representa a portadores y portadoras de ofrendas que procuran al ka la esencia sutil de todas las cosas. Todo lo que la naturaleza crea se convierte en ofrenda para que pueda celebrarse un eterno banquete durante el cual las almas resucitadas participan en común de un gozo inefable. Son gestos puros, un trabajo sin fatiga, es el inalterable presente de esa misma hora soleada: en las mastabas de Saqqara se revela una eterna felicidad.

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