El Neolítico del valle del Nilo

En el valle del Nilo no se han encontrado restos de los habitantes de los Desiertos
Occidental y Oriental que no pertenezcan a las culturas elkabiense y qaruniense. No
hay pruebas de transición hacia la agricultura, que ya estaba bien asentada en el
Levante desde 8500 a.C. La población egipcia parece haber continuado con su modo
tradicional de vida, basado en la pesca, la caza y la recolección. Desafortunadamente,
no poseemos información sobre la población humana del valle del Nilo entre los años
7000 y 5400 a.C.
La cultura tarifiense se conoce gracias a un pequeño yacimiento en El Tarifi en la
necrópolis de Tebas, y a otro situado en las cercanías de Armant. Es una fase
cerámica de una cultura epipaleolítica local, la cual, pese a todo, sigue siendo
desconocida. No muestra ningún tipo de relación con la posterior cultura de Nagada y
su relación con la cultura badariense tampoco está clara, si bien aparentemente su
industria lítica no posee ninguna relación cercana. El tarifiense se caracteriza por una
industria de lascas que, por un lado, posee un pequeño componente microlítico
referido al Epipaleolítico y, por el otro, algunas piezas bifaciales que anuncian la
cultura neolítica. La cerámica, desgrasada principalmente con componentes
orgánicos, se limita a varios fragmentos pequeños. No se conocen restos de
agricultura o cría de animales. Tampoco se han encontrado restos de estructuras y se
piensa que el asentamiento de El Tarif era similar a los campamentos del Paleolítico
Final.
La cultura fayumiense, idéntica al Fayum A de Caton-Thompson, comienza en
torno a 5450 a.C. y desaparece en torno a 4000 a.C. Las diferencias tecnológicas y
tipológicas entre el qaruniense y el fayumiense son tan importantes que no es
imposible pensar que la segunda se desarrollara de forma independiente con respecto
a la primera. La tecnología lítica fayumiense está claramente relacionada con la del
Neolítico Final del Desierto Occidental. La gente vivía a lo largo de la antigua playa
del lago Fayum y los restos más importantes encontrados hasta el momento son
grupos de pozos para almacenamiento de grano, a menudo revestidos con esteras. Por
primera vez en Egipto, la agricultura, muy probablemente introducida desde el
Levante, es con claridad la base de la subsistencia. Se cultivaban el trigo y la cebada
de seis carreras y probablemente también el lino. Como los pozos-almacén están
agrupados, se supone que la agricultura se practicaba de forma comunitaria. Una zona
de almacén está compuesta por 109 silos, con diámetros que van desde los 30 hasta
los 150 centímetros y una profundidad que oscila entre los 30 y los 90 centímetros, lo
que supone una gran capacidad de almacenamiento. Además de la agricultura, la cría
de ganado también era importante, existiendo pruebas de la presencia de
ovejas/cabras, reses y cerdos. Los peces siguieron siendo básicos para la economía.
La cerámica fayumiense está fabricada de manera tosca y es de formas sencillas.
Un limitado número de piezas tienen engobe rojo y están bruñidas, pero no se ha
encontrado ninguna decorada. La industria lítica es de lascas, con un componente
menor bifacial. A partir de la presencia de conchas de especies tanto del Mediterráneo
como del mar Rojo, de paletas nubias para cosméticos y de cuentas de feldespato
verde, se ha inferido la existencia de relaciones a larga distancia, probablemente
indirectas; no se ha encontrado cobre.
El gran yacimiento de Merimda Beni Salama se encuentra situado en una terraza
baja en el límite del delta occidental del Nilo. Los escombros del yacimiento poseen
una potencia de 2,5 metros y consisten en cinco niveles, tres de los cuales
corresponden a tres fases culturales principales. Ocupan un largo período de tiempo,
entre los años 5000 y 4100 a.C. El Nivel I, llamado Urschicht, es claramente distinto
de las fases más recientes y se caracteriza por una cerámica sin desgrasar, tanto
pulida como sin pulir; la decoración en espiguilla es típica de esta fase cerámica (y
pese a todo no muy habitual). La industria lítica del Nivel I se caracteriza por una
tecnología de lascas y la presencia de numerosos raspadores y herramientas retocadas
bifaciales. Los restos del asentamiento de este nivel se limitan a los hogares y
vestigios de refugios poco sólidos. La economía probablemente fuera una mezcla de
agricultura, cría de ganado (ovejas, reses y cerdos) relacionada con el Levante, pero
también de caza y pesca. Los análisis de radiocarbono sugieren una fecha situada en
torno a 4800 a.C., si bien el excavador considera esta estimación demasiado moderna.
En las recientes excavaciones en la cueva Sodmein, cerca de Quseir, también se ha
encontrado cerámica con decoración de espiguilla.
Es probable que entre la ocupación de los Niveles I y II de Merimda se produjera
una interrupción. El Nivel II, conocido como Mittleren Merimdekultur y cuyo
excavador considera relacionado con las culturas saharo-sudanesas, se caracteriza por
una ocupación más densa del yacimiento, con sencillas viviendas ovaladas de madera
y cestería, hogares bien desarrollados, jarras de almacenamiento enterradas en suelos
de arcilla y grandes cestas forradas de arcilla situadas en pozos auxiliares y que
hacían las veces de granero. Entre las viviendas también se encontraron
enterramientos en posición fetal. La cerámica es por completo diferente a la del
período final, porque está desgrasada con paja, pero las formas siguen siendo muy
simples. Casi la mitad de la cerámica es pulida y ninguna parece haber estado
decorada. La industria lítica es predominantemente bifacial. En Merimda aparecen
por primera vez las puntas de flecha de base cóncava. Se han encontrado grandes
cantidades de objetos de hueso, marfil y concha; son típicos los arpones de tres
dientes. La agricultura continúa siendo la base de la actividad económica, pero a
juzgar por el número de huesos el ganado creció en importancia; la pesca y la caza
siguen estando bien atestiguadas. No se dispone de fechas de radiocarbono, si bien el excavador del yacimiento ha propuesto una fecha entre los años 5500 y 4500 a.C.

Los Niveles III-V se llaman Jüngeren Merimdekutur y se corresponden con la
fase identificada a comienzos del siglo XX por el primer excavador del yacimiento
como cultura merimda «clásica». En esta etapa, Merimda consistía en un gran
poblado de chozas de barro y zonas de trabajo. A lo largo de calles estrechas se
alineaban, apretadas, casas ovaladas bien construidas. Los edificios tienen entre 1,5 y
3 metros de anchura, con los suelos excavados a una profundidad de 40 centímetros y
muros de barro desgrasado con paja; las cubiertas son de materiales ligeros, como
ramas y cañas. En el interior de las casas se descubrieron hogares, piedras de moler,
jarras de agua enterradas y agujeros que en tiempos contuvieron recipientes de
cerámica, lo que indica que en el interior se desarrollaban actividades domésticas
diversas. Los graneros están asociados a viviendas individuales, lo cual demuestra
que las unidades familiares se habían vuelto más o menos independientes
económicamente. En líneas generales se puede decir que, en lo que respecta a la vida
del poblado, en el asentamiento de Merimda la organización es formal. Entre las
casas se encontraron enterramientos en posición fetal situados en agujeros ovalados
de escasa profundidad. Es notable que en ellos apenas se incluyera ningún ajuar
funerario. Tanto la ausencia de éste como la localización de las tumbas en el interior
del asentamiento son aspectos del protocolo funerario que parecen contrastar
ampliamente con las costumbres funerarias del Alto Egipto. Sin embargo, dado el
limitado número de tumbas (menos de doscientas), la restringida presencia de adultos
varones y la presencia de cierta confusión estratigráfica, parece probable que dentro
del asentamiento sólo se enterraran niños y adolescentes, lo cual también sucedía en
el Alto Egipto, mientras los adultos eran inhumados en áreas que sólo con
posterioridad resultaban ocupadas por viviendas. Por lo tanto, hemos de suponer que
la mayoría de cementerios están todavía por descubrir.
La evolución de la cerámica muestra una tendencia hacia formas cerradas, con la
mitad del repertorio constituido por grandes recipientes de factura grosera. El pulido
se utiliza para decorar y durante este período la cerámica pulida se convierte en
roja/negra. Comparada con la de la fase previa de ocupación de Merimda, la
tecnología bifacial del sílex mejora. Siguen siendo frecuentes las herramientas hechas
de hueso, marfil y conchas. Con todo, lo más destacado es un pequeño número de
figurillas. Una de ellas es una cabeza aproximadamente cilíndrica de una figura
humana, cubierta de pequeños agujeros destinados evidentemente a la aplicación de
pelo y barba. La forma de los agujeros parece indicar que el pelo fue imitado con
plumas. En un principio la cabeza podría haber estado unida a un cuerpo de madera,
lo cual la convierte en la más antigua representación humana encontrada en Egipto.
Según su excavador, el período más reciente de Merimda sería equivalente al
fayumiense. Sin embargo, las fechas de radicarbono sólo confirman en parte esta
teoría, pues según ellas la Jüngeren Merimdekultur ha de asignarse al período entre
4600 y 4100 a.C. y, por lo tanto, sólo sería contemporánea con la segunda mitad del
fayumiense.
En el Bajo Egipto, varios yacimientos cercanos a Wadi Hof-Helwan consisten en
asentamientos y cementerios separados. Conforman una cultura neolítica que se
bautizó cultura El Omari, según el nombre de su descubridor, Amin el Omari. Data
de entre 4600-4350 a.C. y, por lo tanto, es contemporánea la Jüngeren
Merimdekultur. En los asentamientos se han encontrado sobre todo pozos, destinados
tanto a verter los desechos como a servir de almacén. No es posible describir con
exactitud las construcciones asociadas a ellos, pero no cabe duda de que eran ligeras.
Los cementerios se situaban en zonas del asentamiento que se habían dejado de
utilizar. Todas las tumbas están excavadas en el suelo y contienen cuerpos en
posición fetal, preferentemente orientados hacia el sur y depositados sobre el costado
izquierdo.
Las formas de la cerámica El Omari, que siempre posee desgrasantes orgánicos,
son muy simples y muchos recipientes están pulidos y a menudo tienen engobe rojo.
La industria lítica muestra la misma mejora en la técnica bifacial que en Merimda IIV.
La agricultura y la cría de ganado (ovejas/cabras, reses y cerdos) son la base de la
subsistencia en El Omari, pero la pesca era particularmente importante. La caza en el
desierto, por el contrario, apenas se practicaba.
La presencia de cabras domésticas desde aproximadamente 5900 a.C., tanto en el
Desierto Occidental como en el Oriental, resulta asombrosa cuando se compara con el
momento de su aparición en el valle del Nilo, que se produjo unos cinco siglos
después.

La cultura badariense

La cultura badariense, la primera atestación de agricultura en el Alto Egipto, fue
identificada por primera vez en la región de El Badari, cerca de Sohag. Un gran
número de, principalmente, pequeños yacimientos cercanos a los poblados de Qau el
Kebir, Hammamiya, Mostagedda y Matmar ha proporcionado un total de unas
seiscientas tumbas y cuarenta asentamientos pobremente documentados.
La posición cronológica de la cultura badariense todavía es objeto de cierto
debate. Su posición cronológica relativa respecto a la más moderna cultura Nagada
fue establecida hace algún tiempo gracias a la excavación del yacimiento estratificado
del norte de Hammamiya, mientras que según varias fechas de termoluminiscencia la
cultura puede haber existido ya en torno a 5000 a.C. Sin embargo, sólo se puede
confirmar de forma definitiva que se desarrolló en el período situado entre 4400 y
4000 a.C.
Se ha sugerido que existió una cultura aún más antigua llamada tasiense. Esta se
habría caracterizado por la presencia de vasos caliciformes de base redonda con
diseños incisos rellenos de pigmento blanco, conocidos también en otros contextos de
fecha similar en el Sudán neolítico. Sin embargo, la existencia del tasiense como
unidad cronológica o culturalmente independiente nunca se ha demostrado de forma
fehaciente. Si bien la mayoría de los especialistas consideran que el Tasiense es sólo
una parte de la cultura badariense, también se ha propuesto que en realidad es la
continuación de una tradición cultural del Bajo Egipto, que habría sido la antecesora
directa de la cultura Nagada I. No obstante, esto parece bastante improbable, en
primer lugar porque las supuestas similitudes con las culturas neolíticas del Bajo
Egipto no son convincentes y, en segundo, por la evidente relación cerámica del
Tasiense con Sudán. Si la cultura tasiense ha de ser considerada como una entidad
cultural independiente, se trataría de una cultura nómada con antecedentes sudaneses
que interactuó con la cultura badariense.
A pesar de la existencia de algunos asentamientos excavados, la cultura
badariense se conoce sobre todo por sus cementerios en el desierto. Todas las tumbas
son simples agujeros en el suelo, que a menudo contienen una estera sobre la que se
deposita el cuerpo. Por lo general, los cadáveres se encuentran en una posición fetal
no demasiado encogida, reposando sobre el costado izquierdo, con la cabeza dirigida
hacia el sur y mirando hacia el oeste. No se conocen tumbas de niños de muy corta
edad y hay pruebas suficientes para demostrar que en realidad eran enterrados dentro
del asentamiento o, más bien, en las zonas de los asentamientos que ya no estaban en
uso. El análisis de los ajuares funerarios de las tumbas badarienses demuestra una
distribución desigual de la riqueza. Además, las tumbas más ricas tienden a situarse
separadas de las demás en una parte concreta del cementerio. Es una indicación
evidente de estratificación social, que en este punto de la Prehistoria egipcia todavía
parece limitada, pero que se fue volviendo cada vez más importante a lo largo del
Período Nagada I, que vino inmediatamente a continuación.
El elemento más característico de la cultura badariense es la cerámica que
acompaña a los muertos en sus tumbas. Está fabricada a mano con barro del Nilo y,
excepto en el caso de los recipientes más delicados, siempre tiene un muy fino
desgrasante orgánico. Este desgrasante es muy característico y siempre es más fino
que el utilizado para la llamada cerámica grosera del Período Nagada. Los alfareros
badarienses no escatimaban esfuerzos a la hora de refinar la arcilla de sus mejores
productos y conseguir paredes muy finas, nunca igualadas en ninguno de los períodos
subsiguientes de la historia egipcia. Las formas cerámica son sencillas,
principalmente copas y cuencos con bordes directos y base redondeada. Una
proporción importante de estos recipientes tienen la parte superior negra, pero por lo
general poseen una superficie más amarronada que la de la cerámica de borde
superior negro de Nagada I. El engobe rojo que cubre la cerámica de borde superior
negro de Nagada I es más raro en el Badariense. El elemento más característico de la
cerámica badariense es la «superficie ondulada», presente en sus mejores recipientes
y que consiste en que la superficie está arañada con un peine y después pulida,
consiguiéndose así un efecto muy decorativo. Los recipientes carenados también se
consideran muy característicos de esta cultura, pero la cerámica decorada es rara: en
ocasiones se encuentran motivos incisos rellenos de blanco, imitando quizá a la
cestería.
La industria lítica se conoce sobre todo a partir de los yacimientos de habitación,
si bien los ejemplares más perfectos han sido encontrados en las tumbas. Se trata
sobre todo de una industria de lascas y hojas, a los que hay que añadir varias notables
herramientas bifaciales. Las más habituales son los raspadores, perforadores y las
piezas retocadas. Las herramientas bifaciales consisten sobre todo en hachas, hoces
bifaciales y puntas de flecha de base cóncava. También conviene mencionar la
presencia en el Desierto Occidental de las características lascas de percusión lateral.
Entre otros objetos de la cultura badariense figuran horquillas para el pelo, peines,
brazaletes y cuentas de hueso y marfil. El repertorio de paletas de grauvaca para
maquillaje se limita en esta época a formas rectangulares alargadas u ovaladas; pero
posteriormente se convertirán en un aspecto muy característico de la cultura Nagada,
cuando pasen a fabricarse en una gran variedad de formas. Se han encontrado algunas
figurillas femeninas de arcilla y de marfil, que varían enormemente de estilo y van
desde ejemplares bastante realistas a otros muy estilizados. También conviene
mencionar que se encuentra cobre batido en cantidades limitadas.
Durante mucho tiempo se pensó que la cultura badariense se limitó a la región de
El Badari. Sin embargo, se han encontrado objetos muy característicos de ella mucho
más al sur: en Mahgar, Dendera, Armant, Elkab y Hieracómpolis, así como hacia el
este, en Wadi Hammamat.
En principio la cultura badariense se consideró una unidad cronológicamente
separada, a partir de la cual se desarrolló la cultura de Nagada. No obstante, la
situación es mucho más compleja. Por ejemplo, el Período Nagada I parece estar
pobremente representado en la región de El Badari; por lo tanto, se ha sugerido que el
Badariense fue en gran parte contemporáneo a la cultura Nagada I en la zona al sur de
la región de El Badari. Sin embargo, como al sur de El Badari también se ha
encontrado un limitado número de objetos badarienses o de influencia badariense, es
posible sugerir en cambio que la cultura badariense estaba presente entre, como
mínimo, la región de El Badari y Hieracómpolis. Por desgracia, la mayoría de estos
hallazgos son muy escasos y resulta imposible realizar una comparación con la
industria lítica o la cerámica de los asentamientos de la zona de El Badari o bien se ha
realizado, pero no se ha publicado todavía. Por lo tanto, una característica de la
cultura de El Badari es la presencia de diferencias regionales, siendo la unidad de la
región de El Badari la única que ha sido hasta el momento adecuadamente
investigada o atestiguada. Por otra parte, puede haber estado representada una cultura
badariense más o menos «uniforme» en toda la zona entre El Badari y Hieracómpolis;
pero, dado que el desarrollo de la cultura Nagada tuvo lugar más al sur, parece
bastante posible que el Badariense sobreviviera durante más tiempo en la propia
región de El Badari.
Los orígenes del Badariense son igual de problemáticos y se han investigado en
múltiples direcciones. Durante mucho tiempo se pensó que el Badariense se originó
en el sur, pues se consideraba que los badarienses poseían un «conocimiento pobre»
del sílex, lo cual demostraría que procedían de la región no caliza de Egipto, situada
en el sur. Por otra parte, se asume que el origen de la agricultura y la cría de ganado
se sitúan en Oriente. La teoría de los orígenes meridionales del Badariense ya no se
acepta. La selección de sílex es perfectamente lógica para la industria lítica
badariense, que parece poseer lazos con el Neolítico Tardío del Desierto Occidental.
La cerámica ondulada, uno de los rasgos más característicos del Badariense,
probablemente se originara a partir de la cerámica bruñida y manchada, presente
tanto en el norte, en yacimientos del Neolítico Final del Sahara y de Merimda, como
en el sur, en yacimientos del Neolítico de Jartún. Por lo tanto, la cerámica ondulada
puede haber aparecido como resultado de una evolución local de tradición sahariana.

Parece indudable que la cultura badariense no se originó a partir de una única
fuente, si bien la predominante fue la del Desierto Occidental. Por otra parte, el
origen de las plantas cultivadas sigue siendo controvertido y es posible que procedan
del Levante y llegaran a través de las culturas de Fayum y Merimda del Bajo Egipto.
Los hallazgos realizados en los asentamientos badarienses demuestran que la
economía de esta cultura se basaba principalmente en la agricultura y la cría de
ganado. En sus almacenes se han encontrado trigo, cebada, lentejas y tubérculos. Es
muy probable que varias construcciones circulares de Hammamiya, identificadas
hasta ahora como casas, sean en realidad pequeños recintos para animales. En
algunos de ellos se han encontrado estratos de 20-30 centímetros de potencia
formados por deyecciones de cabra u oveja. Es indudable que la pesca era muy
importante y durante ciertos períodos del año puede haber sido la principal actividad
económica. La caza, en cambio, parece haber poseído sólo una importancia marginal.
Los lugares de asentamiento de la región de El Badari muestran un patrón a base
de pequeños poblados o aldeas, que parecen haber sido trasladados horizontalmente
tras un período de ocupación bastante corto. Los rasgos más evidentes de estos
asentamientos son los pozos y recipientes de almacenamiento. Se trata, por supuesto,
de un rasgo que existe debido en parte a su mayor facilidad de conservación. Las
construcciones son todas muy ligeras y en la mayoría de los casos parecen haber sido
temporales. De hecho, es bastante posible que los asentamientos encontrados en los
ramales del desierto en la región de El Badari sean residencias marginales o
campamentos estacionales. De ser así, los asentamientos permanentes habrían estado
más cerca de la llanura de inundación y hace ya mucho tiempo que habrían sido
arrastrados por el Nilo o cubiertos de aluvión y, por lo tanto, nos son desconocidos.
El carácter temporal de los asentamientos badarienses queda confirmado en
Mahgar Dendera, a unos 150 kilómetros al sur de El Badari. El asentamiento era
utilizado estacionalmente, comenzando con el final de la estación de aguas bajas, en
el momento en que había terminado la cosecha y la zona adecuada para pastorear los
rebaños se encontraba a lo largo de la orilla del Nilo, en la llanura inundable. Junto a
la cría de ganado, la segunda actividad económica en Mahgar Dendera era la pesca,
que se practicaba en los canales principales del Nilo cuando éste se encontraba en su
nivel más bajo. En Mahgar Dendera la llanura aluvial es muy pequeña, lo cual
significa que se encuentra a la vez cerca del Nilo y fuera del alcance de la crecida, lo
que permitía a la gente permanecer en el mismo lugar cuando comenzaba la crecida e
incluso cuando ésta alcanzaba su nivel más alto. Durante este período, cuando las
condiciones de vida alcanzaban su mínimo anual, parece que se sacrificaba una parte
del ganado, sobre todo machos jóvenes. La gente abandonaba Mahgar Dendera antes
de que la llanura aluvial resultara vadeable, porque por esas fechas tenían que
comenzar a trabajar los campos, los cuales no podían encontrarse en esta región
debido a lo limitado de la llanura inundable.
Respecto a los contactos externos de la cultura badariense sólo se dispone de una
información limitada. Las relaciones con el mar Rojo es
tan atestiguadas gracias a la presencia de conchas en las tumbas, mientras que el
cobre puede haber procedido del Desierto Oriental o, con mayor probabilidad, del
Sinaí. Esta región también se consideraba como la fuente de la turquesa, si bien la
reciente identificación de este material en contextos badarienses puede ser errónea. Si
hubo contactos ocasionales entre la región de El Badari y el Sinaí, probablemente se
produjeran a través del Desierto Oriental y del Bajo Egipto, donde no parece haber
indicios de cultura badariense. La posibilidad de relaciones El Badari-Sinaí a través
del Desierto Oriental puede haber quedado finalmente confirmada merced a una serie
de hallazgos procedentes de Wadi Hammamat que, por desgracia, todavía
permanecen inéditos.

EL PERÍODO NAGADA

La segunda gran fase del Período Predinástico —la cultura Nagada— recibe su
nombre del yacimiento de Nagada, en el Alto Egipto, donde en 1892 Flinders Petrie
descubrió un vasto cementerio de más de tres mil tumbas. Petrie, sorprendido al
principio por la inusual naturaleza de estas inhumaciones comparadas con las que se
conocían con anterioridad en Egipto, las adscribió erróneamente a un grupo de
invasores extranjeros. Se suponía que este grupo había seguido existiendo hasta el
final del Reino Antiguo y se sugirió incluso que podía haber sido el responsable de su
declive.
Los arqueólogos dedicados al Antiguo Egipto se han criado acostumbrados a la
arquitectura funeraria monumental; pero los humildes enterramientos de Nagada
consisten en poco más que el cuerpo del difunto en posición fetal, envuelto en una
piel de animal, en ocasiones cubierto también por una estera y la mayoría de las veces
depositado en un sencillo agujero excavado en la arena. Ninguna de las ofrendas
funerarias que acompañaban al difunto se correspondían con los rasgos
característicos de la cultura faraónica, tal cual se conocía en época de Petrie. Los
recipientes de cerámica roja pulida de borde superior negro, paletas zoomorfas de
esquisto, peines y horquillas de hueso o marfil, cuchillos de sílex y otros objetos
constituían un tipo peculiar de conjunto arqueológico. Jacques de Morgan fue el
primero en sugerir que podía tratarse de los restos de una población prehistórica.
Entonces Petrie se dispuso a comprobar de forma científica la hipótesis de De
Morgan. Al final, tras excavar millares de otras tumbas de yacimientos comparables
pudo establecer la primera cronología del Egipto Predinástico. Por lo tanto, Petrie
debe ser considerado sin lugar a dudas como el padre de la Prehistoria egipcia.
Cronología y geografía
Tras establecer que las tumbas eran predinásticas, su siguiente tarea consistió en
organizar la considerable cantidad de material excavado y situar la recién definida
cultura predinástica dentro de un marco cronológico. Utilizando la cerámica de
novecientas tumbas de los cementerios de Hiw y Abadiya, Petrie inventó un sistema
de seriación que formó la base de un sistema de sequence dates («fechas
secuenciales»), en el cual las nuevas categorías cerámicas eran definidas atendiendo a
la forma y decoración de los recipientes. Petrie llegó a la hipótesis intuitiva de que los
vasos de asas onduladas (wavy-handled vases) evolucionaron de forma gradual a
partir de recipientes globulares con asas funcionales claramente moldeadas hasta
formas cilindricas en las cuales las asas eran meramente decorativas. La cronología
de las sequence dates se organizó en principio en torno a este concepto de la
evolución del diseño de las asas onduladas.
El resultado fue una tabla con cincuenta fechas secuenciales, numeradas desde la
treinta en adelante para permitir incorporar las culturas más antiguas que todavía no
se hubieran descubierto. Esto terminó resultando una sabia decisión, puesto que las
excavaciones de Brunton en El Badari tendrían como resultado la posterior
identificación del Período Badariense, la primera etapa del Predinástico del Alto
Egipto (véase el capítulo 2). La duración de cada una de las fases individuales de
estas sequence dates era incierta y la única conexión con una fecha absoluta era la
existente entre la SD 79-80 y el ascenso al trono del rey Menes al comienzo de la I
Dinastía, que se situaba en c. 3000 a.C.
Las sequence dates se agruparon en tres períodos. Primero estaba el Amraciense
(o Nagada I), nombre que recibió del yacimiento tipo de El Amra, que incorporaba
los estilos SD 30-38; esta fase se corresponde con el desarrollo máximo de la
cerámica roja de borde superior negro y de los recipientes rojos pulidos con motivos
decorativos blancos pintados. En segundo lugar se encontraba el Gerzense (o Nagada
II), a partir del yacimiento El Gerza, que incluía los estilos SD 39-60 y se caracteriza
por la aparición de la cerámica de asas onduladas, la cerámica tosca de uso diario y
unos motivos decorativos realizados con pintura marrón sobre un fondo color crema.
Por último se encontraba Nagada III, que incluía las SD 61-80 y era la fase final,
señalada por la aparición de un estilo llamado tardío, cuyas formas comienzan a
evocar las de la cerámica dinástica. Según Petrie, fue durante la fase Nagada III
cuando llegó a Egipto una «raza nueva» asiática, que trajo consigo la semilla de la
civilización faraónica.
Los especialistas han alabado con frecuencia el sistema de sequence dates de
Petrie y, si bien varios análisis han corregido y mejorado su precisión, las tres fases
básicas del final del Predinástico nunca han sido puestas en duda en lo básico y en la
actualidad siguen siendo la urdimbre sobre la cual se teje la Prehistoria de Egipto.
La fiabilidad del corpus de cerámica es vital para la validez del sistema. En
1942,Walter Federn, un exiliado vienes en Estados Unidos, expuso algunas
imperfecciones en el corpus de Petrie. Para poder clasificar los recipientes de la
colección de De Morgan en el Museo de Brooklyn se vio obligado a revisar los
grupos de Petrie, quitando dos de ellos de la secuencia. Fue Federn quien introdujo
un factor que había ignorado Petrie, la pasta de los recipientes. También se hizo
aparente entonces que un sistema basado en material procedente de los cementerios
del Alto Egipto no era necesariamente aplicable ni a las necrópolis del norte de
Egipto ni a las de Nubia.
A pesar de sus reconocidas insuficiencias, el trabajo de Petrie siguió siendo el
único medio de organizar el Predinástico en fases culturales hasta la llegada del
sistema creado por Werner Kaiser en la década de 1960, pero ni siquiera entonces
pudo ser reemplazado. Kaiser serió la cerámica de ciento setenta tumbas de los
Cementerios 14001500 de Armant utilizando la publicación del yacimiento, realizada
por Robert Mond y Oliver Myers en la década de 1930. Su trabajo reveló que en el
cementerio existía también una cronología «horizontal». La cerámica roja de borde
superior negro abundaba en la parte sur de la necrópolis, mientras que las formas
«tardías» se concentraban en la zona septentrional del mismo. Un análisis realmente
detallado de la clasificación, basado aún en el corpus de Petrie, permitió a Kaiser
corregir y afinar el sistema de sequence dates. De este modo los tres grandes períodos
de Petrie quedaron confirmados, pero refinados con el añadido de once subdivisiones
(o Stufen) desde la la hasta la Illb. En 1989, la tesis doctoral de Stan Hendrickx
permitió aplicar el sistema de Kaiser a todos los yacimientos Nagada de Egipto. El
resultado fueron unas ligeras modificaciones, sobre todo en las fases de transición
entre Nagada I y Nagada II.
Otras mejoras importantes en la cronología predinástica han tenido que ver con
los avances en la cronología absoluta. Tanto las sequence dates de Petrie como las
Stufen de Kaiser son sistemas de datación relativa, poseen como terminus ante quem
c. 3000 a.C. (la supuesta fecha de la unificación de Egipto); pero en sí mismas no
proporcionan ninguna fecha absoluta para el comienzo y el final de cada una de las
fases y subdivisiones del Período Nagada. Los necesarios puntos de contacto con una
cronología absoluta se hicieron posibles en la segunda mitad del siglo XX, gracias a
la invención de los sistemas de datación basados en el análisis de fenómenos físicos y
químicos. Por lo que respecta al Predinástico egipcio, la termoluminiscencia (TL) y el
radiocarbono (Carbono 14) son los más importantes de estos métodos científicos.
Libby probó la exactitud del sistema de datación por radiocarbono en materiales
de la región de Fayum y, desde entonces, el análisis de muestras para datación ha sido
lo suficientemente sistemático como para permitir construir un marco cronológico
bastante preciso, en el que las tres fases de Petrie encontraron su sitio. La primera
fase de Nagada (Amraciense) se sitúa entre 4000 y 3500 a.C., seguida por una
segunda fase (Gerzense), que va desde 3500 hasta 3200 a.C., para concluir con la fase
final del Predinástico, situada entre 3200 y 3000 a.C.
En todos los casos, la localización geográfica de los yacimientos Nagada I es el
Alto Egipto, desde Matmar, en el norte, hasta Kubbaniya y Bahan, en el sur. Esta
situación cambia, sin embargo, con la cultura Nagada II, que se caracteriza sobre todo
por un proceso de expansión: partiendo desde su núcleo meridional se difunde hacia
el norte hasta alcanzar el extremo oriental del delta y también hacia el sur, donde
entra en contacto directo con el «Grupo A» nubio.

Nagada I Amraciense

Entre Petrie y Quibell descubrieron varios miles de tumbas predinásticas (quince
mil para todo el Período Predinástico). Como resultado de ello, durante más de un
siglo nuestro conocimiento del período se basó casi por completo en restos
funerarios.
En términos generales, el Amraciense no es distinto de la más antigua cultura
badariense. Los rituales y los tipos de ofrendas funerarios son tan similares que cabe
preguntarse si la segunda no es una versión más antigua y regional de la primera.
En general, los muertos amracienses se enterraban en sencillos agujeros ovalados
en posición fetal sobre el costado izquierdo, con la cabeza apuntando al sur y mirando
hacia el oeste. Debajo del difunto se colocaba una estera y, en ocasiones, la cabeza
sobre un almohada de paja o cuero. Otra estera o la piel de un animal, por lo general
una cabra o una gacela, cubría o envolvía al difunto y en la mayor parte de las
ocasiones también la mayoría de las ofrendas. Los restos de tela que se han
conservado sugieren que la vestimenta típica del difunto era una especie de sudario
de tela o taparrabos de cuero entretejido con tela. Si bien la mayoría de los
enterramientos más sencillos son de personas en solitario, los enterramientos
múltiples también son bastante frecuentes, sobre todo los formados por una mujer
(posiblemente la madre) y un niño recién nacido. Comparado con el período anterior
se aprecia la aparición de enterramientos más grandes, dotados de un sarcófago de
madera o arcilla y un ajuar más generoso. Aunque saqueadas, las tumbas amracienses
de Hieracómpolis son notables por su forma rectangular y su tamaño (la mayor mide
2,50 X 1,80 metros). En dos casos, la inclusión de magníficas cabezas de maza
discoidales de pórfido probablemente indique que se trata del enterramiento de
personajes poderosos. La cultura amraciense se diferencia sobre todo de la badariense
en la diversidad del ajuar funerario y los subsiguientes signos de jerarquía; desde el
punto de vista de esta diversificación, es evidente que Hieracómpolis ya era un lugar
relevante.
Las diferencias entre la cultura badariense y la amraciense se pueden apreciar
sobre todo en los cambios producidos en la cultura material. La cerámica roja de
borde superior negro se va volviendo lentamente menos habitual; una tendencia que
terminará llevando a su total desaparición a finales del Predinástico. El efecto
ondulado de la superficie de la cerámica se hizo más raro, al igual que la cerámica
pulida negra. Sin embargo, al mismo tiempo, la cerámica roja pulida siguió
floreciendo con formas variadas, a menudo con distintos estilos de decoración en la
superficie. Los ejemplos mejor decorados presentan esculturas en el borde y dibujos
geométricos, animales y vegetales. Se trata de los comienzos de una iconografía que
terminará incorporada al núcleo de la civilización faraónica.
La fauna representada en los recipientes es fundamentalmente ribereña, como
hipopótamos, cocodrilos, lagartijas y flamencos; pero también escorpiones, gacelas,
jirafas, icneumones y bóvidos. Estos últimos aparecen dibujados de forma
esquemática, lo cual dificulta su identificación precisa. En ocasiones también puede
aparecer representado un barco, como avance de lo que será el leitmotiv de la fase
Nagada II. Las figuras humanas, si bien en esta época son discretas, ya estaban
presentes en la versión amraciense del universo. Este tipo de figuras aparecen
representadas esquemáticamente, con una pequeña cabeza redonda sobre un torso
triangular que termina en unas caderas estrechas con unas piernas delgadas como
palos, a menudo sin pies. Los brazos aparecen representados sólo cuando las figuras
se encuentran realizando alguna actividad.
Las imágenes que incorporan figuras humanas se pueden dividir en dos tipos: el
primero —y más frecuente— es la caza y el segundo el guerrero victorioso. Un buen
ejemplo de escena de caza aparece en un recipiente Nagada I conservado en el Museo
Pushkin de Bellas Artes de Moscú (el Cuenco de Moscú). La escena incluye a una
persona que sujeta un cuenco en la mano izquierda, mientras que con la derecha
controla a cuatro galgos con las correas. Es la imagen misma del cazador, con el rey
llevando la cola de un animal colgada del cinturón, algo que varios siglos después
todavía se podía ver en la llamada Paleta del Cazador o en el mango del cuchillo de
Gebel el Arak (el primero actualmente en el Museo Británico y el segundo en el
Louvre) y que, de hecho, siguió siendo una imagen poderosa hasta el final del
Período Faraónico.
El tema del guerrero victorioso aparece en el alargado cuerpo de un recipiente
Nagada I de la colección del Petrie Museum, en la University College de Londres. La
imagen consta de dos figuras humanas situadas entre motivos de plantas; la figura de
mayor tamaño, con tallos vegetales o plumas adornando su cabello, alza los brazos
por encima de la cabeza, mientras su virilidad queda marcada de forma inequívoca
por un pene o una funda de pene. Unas cintas entrelazadas que caen por entre sus
piernas pueden representar una tela decorada. Una línea blanca emerge del pecho de
esta misma figura y se enrolla en torno al cuello de una segunda figura, una persona
de mucho menor tamaño y con pelo largo. Un abultamiento en la espalda de esta
figura más pequeña puede representar sus brazos atados. A pesar de una clara
protuberancia pélvica, el sexo de esta segunda persona es ambiguo; si es femenino, su
pequeño tamaño quedaría justificado. Una escena similar decora un recipiente
idéntico del Museo de Bruselas, así como uno del mismo material hallado en la
década de 1990 por arqueólogos alemanes en Abydos. La preponderancia de la figura
atada y la ausencia de brazos o su presencia atados en figuras de escaso tamaño
sugiere con fuerza la imaginería del conquistador y el derrotado. Este temprano tema
de dominación parece ser el prototipo de las tradicionales escenas de victoria del
Período Faraónico. Resulta interesante destacar que, en fechas tan tempranas como la
fase Nagada I, ya existe el tema dual de la caza y la guerra —entendida siempre como
victoriosa—, lo cual implica la existencia de un grupo de cazadores-guerreros
investidos ya con un aura de poder.
Las tumbas y ofrendas funerarias en la cultura Nagada I no indican tanto una
creciente jerarquización como una tendencia hacia la diversidad social. Parece que,
en un principio, las ofrendas de esta fase pretenden sólo señalar la identidad del
difunto. No será hasta la fase Nagada II (y más aún en Nagada III) cuando se hagan
evidentes las grandes acumulaciones de bienes funerarios.

Las estatuillas funerarias son particularmente significativas. Hombres y mujeres
aparecen representados de pie (más raramente sentados), haciéndose énfasis en sus
rasgos sexuales primarios. Sólo unas pocas de los millares de tumbas excavadas
contienen estas figurillas, por lo general de forma individual, siendo raros los grupos
de dos o tres en una única tumba. La cantidad máxima encontrada en un
enterramiento es un grupo de dieciséis. Basándose en el análisis de las demás
ofrendas, las tumbas que contenían las estatuillas no eran especialmente ricas en otros
aspectos y, en ocasiones, estas pequeñas figuras esculpidas son la única ofrenda de la
inhumación. ¿Es posible que se trate de las tumbas de escultores? Cualquiera que sea
su significado, la presencia de estos objetos indica más bien exclusividad y no
riqueza expresada mediante una gran cantidad de bienes funerarios. El uso del cobre
y los cuchillos de sílex como ofrendas funerarias plantea la misma cuestión durante la
fase Nagada II.
En Nagada I la cabeza más o menos esquemática de hombres barbudos parece
constituir un nuevo tipo de categoría de representación humana, la cual se
desarrollará más en Nagada II. Tallados en bastones arrojadizos de marfil o en la
punta de defensas de elefantes o hipopótamos, el rasgo que comparten todas estas
figurillas es la presencia de una barba triangular, a menudo equilibrada con un
pequeño «gorro frigio» dotado de un agujero para colgarlas. Al contrario que en el
caso de las mujeres, los hombres dejan de estar representados sólo por sus rasgos
sexuales primarios y pasan a estarlo por un rasgo sexual secundario y la categoría
social que éste les confiere. Resulta evidente que la barba era un símbolo de poder y,
en forma de «falsa barba» ceremonial, quedó posteriormente reservada en exclusiva a
las barbillas de reyes y dioses.
Otro símbolo de poder que caracteriza la fase Nagada I es la cabeza de maza
discoidal, por lo general tallada en una piedra dura, pero en ocasiones en otros
materiales más blandos, como la caliza, la terracota e incluso el barro sin cocer; hay
veces en que la maza viene acompañada de un mango. Fue durante esta fase cuando
comenzaron a desarrollarse las técnicas para trabajar tanto las piedras duras como las
blandas (incluidas la grauvaca, el granito, el pórfido, la diorita, la brecha, la caliza y
el alabastro egipcio), una destreza que terminará por lograr que la egipcia sea la
«civilización de la piedra» par excellence. Las paletas de grauvaca para cosméticos
son un objeto selecto del ajuar funerario del Amraciense. Sus formas se diversificaron
cada vez más, variando desde sencillas paletas ovaladas, en ocasiones con figuras
incisas, hasta formas zoomorfas completas, entre las que figuran peces, tortugas,
hipopótamos, gacelas, elefantes y pájaros (si bien el número de animales
representados en los recipientes cerámicos pintados nunca fue mucho mayor).
La producción de objetos de hueso y marfil, incluidos sacabocados, agujas,
punzones y cucharas amplió —y mejoró— el repertorio de la cultura badariense. En
las tumbas de Nagada I no se han encontrado demasiados objetos trabajados en
piedra, pero su escasez viene compensada por su calidad. Las delicadas y largas hojas
de retoque bifacial, algunas de hasta 40 centímetros de largo, estaban serradas de
forma regular. Su rasgo más peculiar es que fueron pulidas antes del retoque. Este
proceso también fue utilizado en bellos puñales de hoja bifurcada, que parecen ser el
antecedente de una herramienta del Reino Antiguo conocida como pesheskef,
utilizada durante la ceremonia funeraria de la «apertura de la boca».
La esteatita vidriada, ya conocida en el Período Badariense, continuó
utilizándose. Los primeros intentos por crear fayenza egipcia parecen datar de la fase
Nagada I, cuando un núcleo de cuarzo pulverizado era modelado convenientemente y
luego recubierto con un vidriado a base de natrón coloreado con óxidos metálicos.
La metalurgia presenta escasas diferencias con la del Período Badariense, excepto
alguna ampliación del repertorio, que pasa a contar con objetos como alfileres,
arpones, cuentas, alfileres curvos y brazaletes, realizados a menudo batiendo el cobre
nativo. El extremo de las puntas de lanza bifurcadas encontradas en una tumba de El
Mahasna, que imitan modelos en piedra, permite compararlas con las técnicas de
producción de metal utilizado por sus vecinos norteños de Maadi.
La imagen obtenida al analizar las tumbas y su contenido es la de una sociedad
estructurada y diversificada, con una cierta tendencia hacia una organización
jerárquica, en la cual ya se pueden ver de forma embrionaria los principales rasgos de
la civilización faraónica.
Comparados con los importantes restos del mundo de los muertos, los restos
conservados de los asentamientos de Nagada I son pobres, no sólo porque se han
conservado muy pocos de ellos, sino también por la naturaleza de las prácticas de uso
de la tierra durante el Predinástico. Como los edificios que formaban los
asentamientos estaban construidos sobre todo mediante una mezcla de barro y
materiales orgánicos (como madera, cañas y palmera), no se han conservado bien y
los arqueólogos tendrían que invertir un esfuerzo considerable para obtener una
cantidad mínima de datos. Entre los restos de chozas subdivididas hechas de tierra
batida (de las cuales no se sabe aún con certeza si se trata de lugares de habitación) se
encuentran hogares y agujeros de poste. Las zonas de habitación están señaladas por
depósitos de materia orgánica con una potencia de docenas de centímetros. El único
edificio que se conserva se ha excavado en Hieracómpolis, donde un equipo
norteamericano descubrió una estructura artificial quemada formada por un horno y
una casa rectangular (4 x 3,5 metros) parcialmente rodeada por un muro. Si bien es
posible que este tipo de casas existiera en los asentamientos del valle del Nilo durante
esta época, hemos de tener en cuenta que Hieracómpolis bien puede haber sido un
poblado inusual: desde muy temprano fue un enclave importante y, si hemos de
juzgar por sus tumbas a gran escala, a partir de esta época se convirtió en el centro de
un grupo de élite.
Una de las consecuencias de la falta de asentamientos excavados es un
conocimiento impreciso de la economía de Nagada I. Entre los animales domésticos
presentes en el ajuar funerario figuran la cabra, la oveja, los bóvidos y los cerdos, que
han sobrevivido en forma de ofrendas de alimento o de pequeñas estatuillas
modeladas con arcilla. En cuanto a la fauna salvaje se refiere, parece haber existido
muchas gacelas y peces. Respecto a las plantas, se cultivaban la cebada y el trigo, así
como guisantes, cizañas, el fruto del azufaifo y un posible antepasado de la sandía.

Nagada II Gerzense

Durante la segunda fase de la cultura Nagada tuvieron lugar cambios
fundamentales, producidos no en las zonas marginales, sino en el corazón mismo del
Amraciense; en esencia se trató más de una evolución que de un cambio brusco. La
fase Nagada II se caracteriza sobre todo por la expansión, pues la cultura gerzense se
difundió desde su punto de origen en Nagada hacia el norte (Minshat Abu Ornar, en
el delta) y hacia el sur (Nubia).
Hubo una evidente aceleración de la tendencia funeraria apreciada por primera
vez en el Amraciense, con unos pocos individuos enterrados en tumbas más grandes
y elaboradas, con unos ajuares funerarios más ricos y abundantes. El Cementerio T de
Nagada y la Tumba 100 de Hieracómpolis (llamada la «tumba pintada») son buenos
ejemplos de esta generalizada tendencia.
Los cementerios gerzenses incluyen un amplio repertorio de tipos de tumba, que
van desde las pequeñas tumbas ovaladas o redondas, con pocas ofrendas, hasta
enterramientos en recipientes de cerámica, pasando por la excavación de recintos
rectangulares divididos por muretes de adobe, con compartimientos específicos para
las ofrendas. Había ataúdes de madera y barro sin cocer, además de producirse los
primeros intentos por envolver los cuerpos en tiras de lino. Este tipo de
«momificación» temprana se puede ver en un tumba doble de Adaima, un yacimiento
del Alto Egipto que desde 1990 está excavando el Instituto Arqueológico Francés de
El Cairo. Por lo general, los enterramientos de Nagada II siguen siendo individuales;
pero los múltiples, con hasta cinco individuos, se hacen más abundantes. Los rituales
funerarios parecen más complejos, en algunos casos con desmembramiento del
cadáver, una práctica no atestiguada en la fase precedente. En la T5 de Nagada, una
serie de huesos largos y cinco cráneos se dispusieron siguiendo los muros y en
Adaima hay algunos ejemplos de cráneos separados de sus torsos. La posible
existencia de sacrificios humanos fue planteada por Petrie para Nagada y en Adaima
se han identificado dos casos de gargantas cortadas seguidas de decapitación. Si bien
son escasas y dispersas, estas posibles pruebas de autosacrificio pueden haber sido un
temprano preludio a los sacrificios humanos en masa enterrados en torno a las tumbas
reales del Dinástico Temprano en Abydos, que supusieron un punto de inflexión en la
aparición de la realeza egipcia del Período Dinástico.
Surgieron dos nuevos tipos de cerámica: el primero es una «cerámica basta» que
apareció en tumbas fechadas en esta fase, pero que posteriormente se encuentra en
contextos domésticos; el segundo es una «cerámica margosa», fabricada en parte con
una arcilla calcárea procedente más de los wadis del desierto que del valle del Nilo.
La cerámica margosa, en ocasiones decorada con dibujos de color ocre sobre fondo
crema, reemplaza a la cerámica roja con dibujos blancos de la fase Nagada I. Se
dibujan dos tipos de motivos: geométricos (triángulos, espiguillas, espirales,
ajedrezados y líneas onduladas) y figurativos. El repertorio se limita a unos diez
elementos, combinados según un sistema de representación simbólica que todavía no
se comprende del todo.
El motivo predominante en el arte figurativo de esta fase es el barco; su
omnipresencia refleja la importancia del río, no sólo como fuente de peces y aves
silvestres, sino también como principal vía de comunicación, imprescindible para la
expansión tanto hacia el norte como hacia el sur de la cultura Nagada. Gracias al
barco se obtenían materias primas como marfil, oro, ébano, incienso y pieles de gatos
salvajes, del sur, y cobre, aceites, piedra y conchas venidas del norte y del este,
destinadas sobre todo a una élite social cuya posición se diferenciaba cada vez más
del resto de la población. En estas imágenes el barco representa tanto un medio de
transporte como un símbolo de categoría social. No obstante, resulta evidente que a
partir de esta época el Nilo, que fluye de sur a norte, se había transformado también
en un río mítico por el que navegaban los primeros dioses. La relación entre el orden
humano y el orden cósmico ya se estaba estableciendo.
Durante la fase Nagada II se produjo un considerable desarrollo de las técnicas
del trabajo de la piedra. Se descubrieron y explotaron a lo largo de todo el Nilo, así
como en el desierto, especialmente en Wadi Hammamat, varios tipos de caliza,
alabastro, mármol, serpentina, basalto, brecha, gneis, diorita y gabro. La cada vez
mayor habilidad en el trabajo de la piedra dejó el camino expedito para los grandes
logros de la arquitectura faraónica en este material. Los cuchillos ripple-flakled de
esta época figuran entre los mejores ejemplos de trabajo en sílex de cualquier lugar
del mundo.
Las paletas para cosméticos reducen su número, evolucionando hacia formas
simples rectangulares y romboidales, al mismo tiempo que empiezan a decorarse con
relieves, comenzando una práctica que irá evolucionando hacia las paletas decoradas
de estilo narrativo de la fase Nagada III. Las cabezas de maza discoidales del Período
Amraciense son reemplazadas por las piriformes, dos ejemplares de las cuales ya se
conocen de época anterior en el asentamiento neolítico de Merimda Beni Salama. En
la fase Nagada II la cabeza de maza ya se había transformado misteriosamente en un
símbolo de poder y durante la época faraónica fue el arma que blandía el rey
victorioso.
El trabajo del cobre se intensificó, dejando de estar limitado a pequeños objetos y
comenzando a producirse de forma progresiva objetos que reemplazaron a otros de
piedra, como hachas, hojas, brazaletes y anillos. Junto a los progresos en la
metalurgia del cobre se aprecian otros similares en el uso del oro y la plata; de hecho,
las pruebas encontradas en yacimientos como Adaima sugieren que el creciente
atractivo del metal puede muy bien ser la explicación de gran parte de los robos de
tumbas producidos durante el Período Predinástico.
La imagen de la sociedad Nagada II que obtenemos es la de la una base perfecta
para el desarrollo de una clase de artesanos especializados al servicio de la élite. Las
consecuencias de ello son dobles: la primera es que tenía que existir una economía
capaz de mantener grupos de artistas no productores, al menos durante una parte del
año; la segunda, que hubo centros urbanos que reunían a clientes, talleres, aprendices
de artesano y servicios necesarios para el intercambio comercial.
Este proceso de desarrollo cultural estuvo siempre estrechamente ligado al Nilo.
Tal y como mostró Michael Hoffman en su interpretación de los restos predinásticos
de Hieracómpolis, los asentamientos se agrupaban cerca del río, donde se encontraba
la tierra cultivada y unas sencillas técnicas de irrigación artificial permitían
aprovechar la crecida anual. Todo el valle del Nilo estaba ocupado por varios
poblados, que a menudo sólo conocemos por sus cementerios. Tenemos pruebas de la
existencia de diferentes clases de cebada, trigo, lino, frutos (como la sandía y los
dátiles) y verduras. Al igual que en la fase anterior, las reses, cabras, ovejas y cerdos
formaban el grupo de animales de cría. Entre los animales domésticos, y a juzgar por
sus enterramientos en el interior del asentamiento de Adaima, el perro disfrutaba de
una categoría especial. Los peces también desempeñaron un papel importante en la
dieta, pero la caza de grandes mamíferos de río y de desierto (como el hipopótamo, la
gacela y el león) fue poco a poco quedando restringida socialmente, hasta que
terminó convertida en una prerrogativa de los grupos de la élite social.
En el Alto Egipto surgieron tres grandes centros urbanos: Nagada, la «ciudad del
oro», en la boca de Wadi Hammamat; Hieracómpolis, más hacia el sur; y Abydos,
donde terminaría estando la necrópolis de los primeros faraones. En Nagada, Petrie y
Quibell descubrieron en 1895 dos grandes zonas residenciales: la «ciudad sur» (en la
parte central del yacimiento) y la «ciudad norte». La «ciudad sur» cuenta con una
gran estructura rectangular de 50 x 30 metros, que posiblemente sean los restos de un
templo o una residencia real. Al sur de esta gran estructura se pueden distinguir un
grupo de casas rectangulares y un recinto. Estos dos elementos, la casa rectangular y
el muro del recinto, son típicos de las nacientes ciudades de Nagada II. Si bien existe
escasez de restos arqueológicos primarios para los asentamientos de esta época, dos
objetos encontrados en un contexto funerario ayudan a compensar esta deficiencia. El
primero es un modelo en terracota de una casa, hallada en una tumba gerzense en El
Amra (Museo Británico). En una tumba amraciense de Abadiya apareció un segundo
modelo de casa (Oxford, Ashmolean Museum) con un muro almenado, detrás del
cual aparecen dos personas de pie; la fecha amraciense del segundo modelo sugiere
que las casas de este tipo comenzaron a utilizarse en época relativamente temprana.

Las culturas septentrionales maadiense

El complejo cultural maadiense, compuesto por una docena de yacimientos, sólo
ha salido a la luz recientemente. Entre los yacimientos se encuentran el cementerio y
el asentamiento del propio Maadi, un suburbio de El Cairo. La cultura Maadi aparece
durante la segunda mitad de Nagada I y continúa hasta Nagada líe/d, cuando fue
eclipsada por la expansión de la cultura Nagada II, ejemplificada en los cementerios
de El Gerza, Haraga, Abusir el Melek y Minshat Abu Ornar.
En esta zona del valle del Nilo se han descubierto los yacimientos neolíticos más
antiguos, en Merimda Beni Salama, El Omari y la región de Fayum (véase el capítulo
2) y es en ellos donde se encuentra la tradición a partir de la cual surgió la cultura
material Maadi. La cultura Maadi difiere en todos sus aspectos de los yacimientos de
fecha similar del Alto Egipto. Justo al contrario de lo que sucede en los yacimientos
de la cultura Nagada, los cementerios de Maadi son mucho menos importantes en
cuanto al registro arqueológico, por lo que la mayoría de nuestro conocimiento de
esta cultura procede de sus asentamientos.
En Maadi, los restos predinásticos ocupan cerca de 18 hectáreas, incluido el
cementerio. Durante la primera mitad del siglo XX se había excavado una superficie
de 40.000 metros cuadrados. La potencia del registro arqueológico es de casi dos
metros, incluidos montones de desechos conservados in sítu y con una estratigrafía
compleja. Las estructuras excavadas muestran la existencia de tres tipos de restos de
asentamiento, uno de los cuales es único en un contexto egipcio y recuerda mucho a
los asentamientos de Beersheba, en el sur de Palestina. Alberga casas excavadas en la
roca madre con plantas ovaladas de 3 X 5 metros de superficie y hasta tres metros de
profundidad, a cada una de las cuales se accede a través de un pasaje excavado; los
muros de una de estas casas estaban revestidos con piedra y ladrillos de barro del
Nilo sin cocer, pero es el único ejemplo que se conoce en Maadi del uso de adobe. La
presencia de hogares, jarras semienterradas y restos domésticos sugiere que se trata
de lugares de habitación permanentes. Los demás tipos de estructuras domésticas de
Maadi están bien atestiguados en todo Egipto: en primer lugar, una choza ovalada
acompañada por hogares externos y jarras de almacenamiento semienterradas y, en
segundo, una casa de estilo rectangular de la que sólo quedan las trincheras de
cimentación de unos muros que se cree que estaban construidos con materiales
vegetales.
Por lo general, la cerámica de Maadi es globular, con una base ancha y plana, un
cuello más o menos estrecho y una boca que se ensancha, parcialmente fabricada con
arcilla aluvial. En raras ocasiones están decoradas y las excepciones consisten en
marcas incisas realizadas tras la cocción. Es interesante destacar que los estratos más
antiguos de los yacimientos de finales del Predinástico en Buto (Tell el Farain), Tell
el Iswid y Tell Ibrahim Awad, poseen restos cerámicos decorados con impresiones
que recuerdan a la cerámica saharo-sudanesa. Los lazos con el Alto Egipto, anteriores
al período de la cultura Maadi, quedan señalados por la presencia de restos
importados de cerámica roja de borde superior negro, que se mezclan con sus burdas
imitaciones de fabricación local. En cambio, los lazos comerciales con Palestina en la
Edad del Bronce Temprano quedan señalados por la presencia de una cerámica con
pies muy característicos, con el cuello, la boca y las asas decoradas en mamelons y
manufacturada con una arcilla calcárea; se trata de recipientes que contenían
productos importados (aceites, vinos y resinas). Por lo tanto, la cultura de Maadi era
una especie de cruce de caminos cultural sometido a la influencia del Desierto
Occidental (en lo que quizá sea una asociación extremadamente antigua), Oriente
Próximo y los recién aparecidos pequeños reinos de Nagada en el sur.
La influencia palestina también se aprecia claramente en el sílex trabajado de la
cultura Maadi. Pese a que la industria local utiliza esencialmente una técnica de
presión, los conjuntos de Maadi también incluyen raspadores circulares realizados a
partir de grandes nódulos de superficie lisa, bien conocidos en todo Oriente Próximo.
En los yacimientos de Maadi también aparecen «hojas cananeas», de bellos bordes y
nervaduras rectilíneas; durante el Período Faraónico se transformarían en las «hojas
de afeitar» (en realidad raspadores dobles) que formarían parte del ajuar funerario
regio hasta finales del Reino Antiguo, en ocasiones pulidas y en otras reproducidas en
cobre e incluso en oro. Las piezas bifaciales, escasas en número, incluyen puntas de
proyectil, puñales y hojas de hoz. Estas últimas eran productos de tradición local
(hojas de hoz bifaciales de Fayum) y fueron reemplazadas lentamente por el estilo de
hoja de hoz de Oriente Próximo, montada en una hoja.
Es probable que la relativa escasez de las paletas de grauvaca para cosméticos
importadas del Alto Egipto se trate de un indicio de su limitada disponibilidad y, por
lo tanto, del carácter lujoso del objeto. En cambio, las paletas de caliza, más
numerosas, presentan restos de uso que nos indican su empleo en la vida diaria. Las
cabezas de maza en piedras duras presentan la forma discoidal característica de la
cultura amraciense y gerzense.
Dejando aparte varios peines importados del Alto Egipto, entre los objetos de
hueso y marfil pulido figura el repertorio tradicional de agujas, arpones, sacabocados
y punzones. Los dardos de siluro, consistentes en la primera espina de las aletas
pectoral y dorsal, aparecen en grandes cantidades, sobre todo enjarras que
probablemente fueran almacenadas con vistas a la exportación.
Existen muchos indicios de la participación de Maadi en el comercio y los
contactos interculturales. A este respecto, el papel del cobre es particularmente
significativo. Los objetos metálicos parecen haber sido especialmente habituales en
Maadi. No sólo se encuentran piezas sencillas como agujas o arpones, sino también
barras, espátulas y hachas. Estos objetos se fabricaban de piedra en las culturas de
Fayum y Merimda, pero en Maadi se elaboraban en metal. Lo mismo sucede en
Palestina durante el mismo período, cuando las hachas de piedra pulida desaparecen
para ser reemplazadas por versiones en metal, si bien con técnicas diferentes a las de
Maadi. Esta sustitución de la piedra por el metal no puede tratarse de una mera
coincidencia, por lo que se cree que es el resultado de un proceso de avance técnico
que es indicio (y resultado directo) de una genuina simbiosis entre las dos regiones.
En Maadi también se han encontrado grandes cantidades de mena de cobre, que al ser
analizadas revelaron una posible procedencia en la región de Timna o Fenan, dos
minas de cobre localizadas en Wadi Arabah, en la esquina suroriental de la península
del Sinaí. No obstante, parece que la mena no era procesada en el mismo Maadi, sino
que quizá fuera importada principalmente para convertirla en cosméticos, teniendo
lugar el primer tratamiento cerca de las propias minas.
A pesar de la participación de las gentes de Maadi en la red de contactos con
Oriente Próximo, su cultura era sobre todo pastoral-agrícola y sedentaria. Existen
pocos restos de fauna salvaje que equilibren la enorme cantidad de restos de animales
domésticos (cerdos, bueyes, cabras y ovejas) que, sin contar con el perro,
conformaban la dieta básica de la comunidad. Es indudable que el burro servía para
transportar mercancías. Los kilos de grano encontrados en jarras y pozos de
almacenamiento incluyen trigo y cebada (Triticum monoccum, Triticum dicoccum,
Triticum aestivum, Triticum spelta y Hordeum volgare), además de legumbres como
las lentejas y los guisantes.
Comparado con las pruebas de actividad agrícola en Maadi, el enterramiento de
sus difuntos fue relativamente discreto, lo que quizá nos hable de una sociedad que
había sufrido escasos cambios sociales desde el Neolítico y que evidentemente
carecía de estratificación o jerarquía social. Se han descubierto un total de seiscientas
tumbas en Maadi, pocas en comparación con las quince mil tumbas predinásticas del
sur del país. Hay factores geográficos y geológicos que contribuyen al desequilibrio:
los cementerios septentrionales, situados en zonas propensas a fuertes inundaciones,
pueden muy bien encontrarse enterrados bajo gruesas capas de limo del Nilo. No
obstante, esto no lo explica todo, porque también existe una diferencia entre la
cantidad y la calidad de los ajuares funerarios del norte comparados con los del Alto
Egipto. Las tumbas del Bajo Egipto se caracterizan por una sencillez extrema, a base
de agujeros ovalados con el difunto situado en posición fetal, envuelto en una estera o
tela y acompañados sólo por uno o dos recipientes de cerámica y, en ocasiones, por
nada en absoluto.
No obstante, según revisamos el desarrollo de las culturas del norte (consistente
en tres fases que corresponden grosso modo a los cementerios de Maadi, Wadi Digla
y Heliópolis), algunas tumbas aparecen mejor equipadas que otras, pero sin mostrar
nunca la llamativa riqueza que encontramos en el Alto Egipto. A pesar de todo, se
puede apreciar una gradual tendencia hacia la estratificación social, siendo posible
que la mezcla de tumbas de perros y gacelas con las de humanos forme parte de este
proceso de cambio social. La fase final de la cultura de Maadi, representada por los
estratos más modernos de Buto, equivale a mediados de la fase Nagada II (Niveles
IIc-d).
En el excepcional yacimiento de Buto existen siete estratos arqueológicos
sucesivos, en los cuales se puede observar la transición entre las fases de Maadi y el
protodinástico. Durante esta transición se produce un perceptible incremento en los
estilos de la cerámica de Nagada, al tiempo que la cerámica de Maadi desaparece
progresivamente. De este modo, el final de la cultura Maadi no fue un fenómeno
brusco, como puede sugerir el yacimiento de Maadi, sino un proceso de asimilación
cultural. Es probable que con su localización fluvial y marítima Buto estuviera bien
situada para el gran comercio y quizá contara también con un palacio para los
gobernantes locales. Si bien los datos arqueológicos procedentes de Buto son menos
llamativos que los de Nagada, hubo allí un proceso de desarrollo cultural comparable
que también condujo hacia una creciente complejidad cultural, la cual terminó
produciendo una sociedad caracterizada por sus propias creencias, ritos, mitos e
ideología. Era la condición necesaria para el siguiente gran paso adelante en la
Historia de Egipto, que tuvo lugar durante los Períodos Nagada III y el Dinástico
Temprano

Aparición del Estado egipcio

Según la revisión de Kaiser de las sequence dates de Petrie, la fase Nagada III, c.
3200-3000 a.C., es la última del Período Predinástico. Fue durante esta época cuando
Egipto se unificó por primera vez en un gran Estado territorial y también cuando se
produjo la consolidación política que sentó las bases del Estado del Dinástico
Temprano de la I y la II Dinastías. En la parte final de esta fase hay pruebas de la
existencia de reyes que precedieron a los de la i Dinastía, lo que se conoce como
Dinastía 0. Fueron enterrados en Abydos, cerca del cementerio real de la I Dinastía.
La parte superior de la Piedra de Palermo, una lista real de finales de la V Dinastía
(véase el capítulo 1), está rota, pero en ella se puede ver una lista de nombres e
imágenes de reyes sentados dispuestos en registros, lo cual sugiere que los egipcios
creían que hubo gobernantes que precedieron a los de la I Dinastía. No obstante,
existe un considerable debate respecto a factores como la naturaleza exacta del
proceso de unificación, la fecha en que ésta tuvo lugar y la cuestión de los orígenes
de la Dinastía 0.

Formación y unificación del Estado

A partir de la fase Nagada II, en los cementerios del Alto Egipto se encuentran
enterramientos muy diferenciados (pero no así en el Bajo Egipto). En estos
cementerios, las inhumaciones de la élite albergan grandes cantidades de bienes
funerarios, en ocasiones de materiales exóticos como el oro y el lapislázuli. Estas
tumbas son el símbolo de una sociedad cada vez más jerarquizada, que
probablemente represente los primeros procesos de competencia y engrandecimiento
de las entidades políticas del Alto Egipto, según fueron desarrollándose la interacción
económica y el comercio a larga distancia. Como el control de la distribución de las
materias primas exóticas y la producción de bienes de prestigio reforzaría el poder de
los jefes de los centros predinásticos, estos bienes eran importantes símbolos de
posición social. A pesar de la falta de restos arqueológicos, parece probable que las
más grandes ciudades predinásticas del Alto Egipto se fueran convirtiendo en centros
de producción artesanal, como la ciudad sur de Nagada documentada por Petrie.
La zona central de la cultura Nagada se encuentra en el Alto Egipto, pero en la
fase Nagada II comenzaron a aparecer asentamientos nagadienses en el norte de
Egipto. El término gerzense (Nagada II) para esta fase de mediados del Predinástico
deriva de un cementerio Nagada II excavado por Petrie en El Gerza, en la región de
Fayum. Algo después encontramos enterramientos de la cultura Nagada mucho más
hacia el norte, en el yacimiento de Minshat Abu Ornar, en el delta. Estas pruebas
sugieren que durante la época Nagada II se produjo un movimiento gradual hacia el
norte de gentes del Alto Egipto.
Los principales yacimientos del Alto Egipto se encuentran situados cerca del
Desierto Oriental, del cual se obtenían oro y diversos tipos de piedras para fabricar
cuentas, recipientes y otros bienes manufacturados, por lo cual eran mucho más ricos
en recursos naturales que los del Bajo Egipto: el nombre antiguo de Nagada es Nubt,
«ciudad de oro», y no es casualidad que el mayor de los cementerios predinásticos se
encuentre situado allí. Según fue incrementándose el éxito con el que se practicaba la
agricultura del cereal en la llanura inundable del Alto Egipto, los excedentes
aumentaron y pudieron ser intercambiados por bienes manufacturados, cuya
producción se fue haciendo cada vez más especializada. Es posible que los primeros
meridionales en dirigirse al norte fueran mercaderes y, al ir aumentado la interacción
económica, les siguieran después colonos. No hay pruebas arqueológicas que
demuestren el traslado de personas hacia el norte (al contrario de lo que sucede para
los objetos); pero si semejante migración tuvo lugar, parece más probable que fuera
una expansión pacífica y no una invasión militar, al menos en sus primeras etapas.
Un factor que pudo haber motivado la expansión de la cultura Nagada hacia el
Egipto septentrional fue el deseo de conseguir un control directo sobre el lucrativo
comercio con otras regiones del Mediterráneo oriental, aparecidas durante el cuarto
milenio a.C. El desarrollo de la técnica de construcción de barcos de gran tamaño
también fue clave para controlar el Nilo y con él las comunicaciones y el intercambio
comercial a gran escala. La madera (cedro) para la construcción de este tipo de barcos
no crecía en Egipto, pero llegaba de la zona de Levante hoy conocida como Líbano.
Tal y como se vio en la descripción de la cultura Maadi en el capítulo 3, durante
el cuarto milenio a.C. el Bajo Egipto no fue un vacío cultural y es probable que la
expansión de Nagada terminara por tropezar con cierta resistencia. No obstante, los
restos arqueológicos del norte sólo nos hablan de que al final la cultura Maadi fue
sustituida. La ocupación de Maadi terminó en la fase Nagada II c/d, mientras que las
pruebas estratigráficas de yacimientos del norte del delta, como Buto, Tell Ibrahim
Awad, Tell el Ruba y Tell el Farkha, demuestran que los estratos más antiguos sólo
albergan cerámica Maadi y local, pero que sobre ellos los estratos sólo contienen
cerámica de la cultura Nagada III y las primeras formas de la I Dinastía. En Tell el
Farkha, una capa de transición de arena eóHca situada entre estos estratos sugiere el
abandono del asentamiento por parte de la población local debido a causas
desconocidas (¿intimidación?) y una posterior reocupación del mismo durante la
Dinastía 0 a manos de gentes de cultura Nagada, que para entonces se había
extendido por todo Egipto.
A finales de la fase Nagada II (c. 3200 a.C.) o principios de Nagada III, la cultura
material autóctona del Bajo Egipto ya había desaparecido, siendo reemplazada por
objetos (sobre todo cerámica) derivados del Alto Egipto y de la cultura Nagada. En
ocasiones estas pruebas arqueológicas se han interpretado como un indicio de que la
unificación política de Egipto tuvo lugar en esta época; pero las pruebas materiales no
necesariamente implican una organización política (unificada) y se pueden proponer
varios factores socioeconómicos alternativos para explicar el cambio. Dado que las
pruebas procedentes de los enterramientos de la élite de los tres principales centros
predinásticos del Alto Egipto (Nagada, Abydos y Hieracómpolis) sugieren la
existencia de centros o unidades políticas diferenciados (y posiblemente
competidores) durante la fase Nagada II, la primera unificación de las primeras
entidades políticas del Alto Egipto probablemente tuviera lugar a comienzos de
Nagada III, bien como resultado de una serie de alianzas o mediante la guerra (quizá
terciando una combinación de ambas), seguida por la unificación política tanto del
norte como del sur y la aparición de la Dinastía 0 hacia finales de Nagada III.
Los enterramientos de cronología Nagada III en el mayor de los cementerios
predinásticos, el de Nagada (incluida la necrópolis de la élite, el Cementerio T), son
más pobres que los enterramientos anteriores de cronología Nagada II de este mismo
yacimiento. A finales del siglo XIX, Jacques de Morgan excavó dos grandes tumbas
de ladrillo con nichos situadas a más de seis kilómetros al sur de estos cementerios.
El emplazamiento de esta nueva necrópolis y la repentina aparición a finales de
Nagada III de un nuevo tipo de enterramiento «real», unidos a la menor riqueza de
los enterramientos anteriores en los cementerios situados lejos hacia el norte, sugiere
una ruptura con el sistema de gobierno centrado en la ciudad sur (localizada sólo a
150 metros hacia el noreste del gran cementerio predinástico), probablemente
coincidiendo con la incorporación de la entidad política de Nagada a una más grande.
En cambio, en la zona de Umm el Qaab (Abydos) las tumbas de los Cementerios
U y B y del «cementerio real» pasaron de contar con enterramientos bastante
indiferenciados (a comienzos de Nagada) a convertirse primero en el cementerio de la
élite (a finales de Nagada II) y después en el lugar de enterramiento de los reyes de la
Dinastía 0 y de la I Dinastía. Una tumba de Nagada III, la U-j, fechada en c. 3200
a.C., consiste en doce habitaciones que cubren una superficie de 66,4 metros
cuadrados. Aunque saqueada, contenía muchos objetos de hueso y marfil, una gran
cantidad de cerámica egipcia y unas 400 jarras importadas desde Palestina, que
posiblemente contuvieran vino. Las 150 pequeñas etiquetas encontradas en la tumba
están inscritas con lo que parecen ser los primeros jeroglíficos conocidos. Según su
excavador, Günter Dreyer, los restos de un altar de madera en la cámara funeraria y el
modelo en marfil de un cetro demuestran que se trata de la tumba de un soberano,
posiblemente el rey Escorpión, cuyas heredades pueden aparecer mencionadas en
varias tablillas. Es probable que este soberano gobernara en el siglo XXXI a.C.
La excavaciones en la «Locality 6» de Hieracómpolis, a 2,5 kilómetros en el
interior del Gran Wadi, permitieron descubrir varias tumbas de gran tamaño, todas
con hasta 22,75 metros cuadrados de superficie y cerámica Nagada III. Si bien
saqueada, la Tumba 11 todavía conservaba cuentas de cornalina, granate, turquesa,
fayenza, oro y plata; fragmentos de objetos de lapislázuli y marfil; hojas de obsidiana
y cristal, y una cama de madera con patas en forma de patas de toro. Un
enterramiento de semejante riqueza sugiere que en Hieracómpolis se enterraron
individuos de la élite dotados de una capacidad económica considerable, pero que
todavía no alcanzaban la categoría que tenían los soberanos de Abydos.
Mientras que durante el Dinástico Temprano Nagada fue políticamente
insignificante, Abydos fue el principal centro del culto al rey difunto y Hieracómpolis
siguió siendo un importante centro de culto asociado al dios Horus, símbolo del rey
vivo. Es posible que la entidad política de Nagada resultara derrotada en una postrera
lucha predinástica por el poder acontecida en el Alto Egipto, al tiempo que los
soberanos cuya base de poder se encontraba originalmente en Abydos terminaron por
conseguir el control de todo el país, quizá aliados a grupos de élite menos poderosos
(los llamados Seguidores de Horus) de Hieracómpolis, que pese a todo se
encontraban en una posición estratégica favorable debido a las valiosas materias
primas venidas del sur.
La unificación final del Alto y el Bajo Egipto puede haberse conseguido mediante
una o varias conquistas militares del norte; pero no existen muchas pruebas de ello, a
excepción de las escenas de contenido militar simbólico grabadas en varias paletas
ceremoniales datadas estilísticamente a finales del Predinástico (Nagada III/Dinastía
0), como son las fragmentadas PaletaTjehenu (libia), la Paleta del Campo de Batalla y
la Paleta del Toro. La interpretación de semejantes escenas es problemática, porque
estos objetos son de procedencia desconocida y las fragmentadas escenas simbolizan
conflictos, pero sin especificar acontecimientos históricos reales.
Afortunadamente, en Hieracómpolis se encontraron tres importantes objetos con
escenas talladas que son relevantes para este período: la Cabeza de Maza del rey
Escopión y la Paleta y la Cabeza de Maza del rey Narmer. Estos tres objetos
ceremoniales fueron hallados por J. E. Quibell y F.W. Green cuando excavaron el
templo de Horus en Hieracómpolis, cerca o en una zona bautizada por ellos como
«depósito principal». Es posible que sean donaciones reales para el templo y sugieren
que a finales de la fase Nagada III la ciudad seguía siendo un centro importante. Si
bien considerar que las escenas de la Paleta de Narmer representan la unificación del
Alto y el Bajo Egipto es una interpretación demasiado determinante, en ellas vemos a
enemigos muertos y pueblos y/o asentamientos derrotados. Las escenas y signos de la
Cabeza de Maza de Narmer muestran cautivos y botín de guerra, mientras que la
Cabeza de Maza del rey Escorpión también contiene enemigos derrotados.
Semejantes escenas sugieren que la guerra tuvo algo que ver en algún momento de la
forja del primer Estado en Egipto. Incluso si no existen estratos de destrucción con
fecha Nagada III en los asentamientos del delta, la guerra sigue habiendo podido ser
el instrumento de consolidación de este primer Estado y de su expansión hacia la Baja Nubia y el sur de Palestina, que tuvo lugar a comienzos de la I Dinastía.
Desde que Petrie lo sugiriera, se ha repetido con frecuencia que, pese a la prueba
de las culturas predinásticas, la civilización egipcia de la I Dinastía apareció de forma
repentina y, por lo tanto, fue introducida por una «raza» extranjera. No obstante,
desde la década de 1970 las excavaciones en Abydos y Hieracómpolis han
demostrado claramente las raíces indígenas que tiene en el Alto Egipto la primera
civilización egipcia. Si bien existen pruebas de un evidente contacto externo durante
el cuarto milenio a.C., éste no tuvo forma de invasión militar.
La cerámica de los estratos excavados en los yacimientos del norte de Egipto y el
sur de Palestina hacen posible coordinar períodos culturales específicos de ambas
regiones y demostrar así que el contacto no se interrumpió mientras la cultura Maadi
iba siendo reemplazada por la cultura Nagada. La fase Nagada Ilb corresponde a la
Edad del Bronce Temprano (EBA) la de Palestina, mientras que Nagada IIc-d y
Nagada III/Dinastía 0 son evidentemente contemporáneas de la cultura EBA Ib. En
esta época, el contacto entre el norte de Egipto y Palestina se realizaba por vía
terrestre, como demuestran las pruebas encontradas en el norte del Sinaí. Entre
Qantar y Rafia, la North Sinai Expedition de la Universidad Ben Gurion encontró
doscientos cincuenta asentamientos tempranos, en los cuales el 80 por ciento de las
cerámicas egipcias estaban fechadas en Nagada II—III y la Dinastía 0. El patrón de
asentamiento consistía en algunos centros de mayor tamaño intercalados con
campamentos estacionales y lugares de paso.
Los arqueólogos israelíes sugieren que estas pruebas son el resultado de una red
comercial establecida y controlada por los egipcios en fechas tan tempranas como la
EBA la y que esta red fue un factor principal en la aparición de los asentamientos
urbanos encontrados posteriormente en Palestina durante la EBA II. El estudio de las
técnicas cerámicas realizado por Naomi Porat en los yacimientos EBA de Palestina
demuestra que muchos de los recipientes de cerámica utilizados para la preparación
de comida encontrados en los estratos EBA Ib probablemente fueran fabricados por
ceramistas egipcios con tecnología egipcia, pero con arcillas palestinas locales. En los
estratos EBA Ib también hay muchas jarras de almacenamiento fabricadas con barro
del Nilo, además de cerámicas margosas, que podrían haber sido importadas desde
Egipto. Los egipcios no sólo crearon campamentos y estaciones de paso en el norte
del Sinaí, sino que las pruebas cerámicas sugieren que hicieron lo propio en el sur de
Palestina, con una red muy organizada de asentamientos donde residía población
egipcia.
La importancia del delta para el contacto egipcio con el suroeste de Asia también
la sugieren unas enigmáticas pruebas procedentes de Buto. En este yacimiento, en
estratos de cultura predinástica del Bajo Egipto, Thomas von der Way encontró a
finales de la década de 1980 dos insospechados tipos de cerámica: «clavos» de arcilla
y un Grubenkopfnagel (un cono con extremo cóncavo bruñido) que se asemejan a
objetos utilizados en la cultura mesopotámica de Uruk para decorar la fachada de los
templos. Von der Way sugiere que el contacto con la red de la cultura Uruk pudo
haber tenido lugar a través del norte de Siria, pues el más temprano estrato
predinástico de Buto contenía restos cerámicos decorados con las típicas franjas
blanquecinas de la cerámica siria Amuq E Los clavos de arcilla y el Grubenkopfnagel
no están asociados a ninguna arquitectura (de ladrillo) en los niveles predinásticos,
que es lo que sería de esperar si la interpretación de Von der Way es correcta; pero las
excavaciones en curso en Buto todavía pueden proporcionar más datos sobre las
relaciones entre el delta y el suroeste de Asia en el cuarto milenio a.C.
Han aparecido en algunas tumbas de élite de las fases Nagada II y III cilindrosellos
tanto importados como egipcios, un tipo de objeto indudablemente inventado
en Mesopotamia. Por primera vez se encuentran en tumbas predinásticas del Alto
Egipto cuentas y pequeños objetos de lapislázuli, que sólo pueden proceder de
Afganistán. Motivos mesopotámicos aparecen también en el Alto Egipto (y la Baja
Nubia), incluida la figura del héros dompteur (una figura humana victoriosa entre dos
leones/bestias), pintada en los muros de la Tumba 100 de Hieracómpolis, que data de
Nagada II. Otros motivos típicamente mesopotámicos, como la fachada de palacio
con nichos y barcos de proa elevada, aparecen también en objetos y en el arte de
Nagada II y III. El estilo de estos motivos, que es más característico del arte glíptico
de Susa (sureste de Irán) que de la cultura de Uruk, y el hecho de que este tipo de
objetos no aparezca en el Bajo Egipto, ha permitido considerar la existencia de una
ruta meridional de contacto entre Susa y el Alto Egipto cuya naturaleza se desconoce
hasta el momento.
En la Baja Nubia se conocen innumerables enterramientos de la cultura del Grupo
A (aproximadamente contemporánea de la cultura Nagada) que contienen muchos
bienes manufacturados nagadienses. La cerámica del Grupo A es muy diferente de la
de Nagada y es probable que los productos egipcios se obtuvieran mediante mercadeo
e intercambio. Bruce Williams ha sugerido que el cementerio de la élite del Grupo A
en Qustul, en la Baja Nubia, pertenecería a los soberanos nubios que conquistaron y
unificaron Egipto, fundando así el primer Estado faraónico, pero la mayoría de los
especialistas no está de acuerdo con su hipótesis. El modelo que quizá explique mejor
las pruebas arqueológicas es uno que incluye contactos acelerados entre las culturas
del Alto Egipto y la Baja Nubia a finales del Predinástico. Materias primas de lujo,
como el marfil, el ébano, el incienso y pieles de animales exóticos, todas ellas muy
deseadas en Egipto en la época dinástica, procedían en gran parte del sur de África y
llegaban tras atravesar Nubia. Esto hizo que algunos jefes del Grupo A se
beneficiaran económicamente del comercio con las materias primas, como
demuestran con claridad los ricos enterramientos excavados en Qustul y Sayala; pero
es poco probable que en Nubia se diera el tipo de complejidad sociopolítica
atestiguada en el Alto Egipto por estas fechas. La llanura inundable del Nilo es
mucho más estrecha en la Baja Nubia que en el Alto Egipto, por lo que aquélla
sencillamente no poseía el potencial agrícola necesario para mantener grandes
concentraciones de población y especialistas a tiempo completo, como artesanos y
administradores del gobierno. El hecho de que la cultura material de Nagada aparezca
después en el Bajo Egipto sin elementos nubios también parece ir en contra de un
origen nubio para el Estado egipcio unificado.

El Estado de comienzos de la I Dinastía

En c. 3000 a.C. el Estado del Dinástico Temprano ya había aparecido en Egipto y
controlaba gran parte del valle del Nilo, desde el delta hasta la primera catarata en
Asuán, una distancia de más de mil kilómetros a lo largo del río. Si bien la presencia
de la cultura Nagada es evidente en el delta durante Nagada II y III, el alcance del
control político egipcio hacia el sur durante la I Dinastía queda demostrado por los
restos de una fortaleza en el punto más elevado de la orilla de la isla de Elefantina,
una región que en época predinástica había estado ocupada por gentes del Grupo A.
Con la llegada de la I Dinastía, el centro del desarrollo se trasladó desde el sur hacia
el norte, siendo el temprano Estado egipcio una unidad política controlada por un
dios-rey desde la región de Menfis.
Un rasgo que resulta ciertamente único del primer Estado egipcio es la
unificación del gobierno a lo largo de una extensa región geográfica, al contrario que
las unidades políticas contemporáneas de Nubia, Mesopotamia y Siria-Palestina. Si
bien hay indudables pruebas de contactos extranjeros en el cuarto milenio a.C., el
Estado Dinástico Temprano aparecido en Egipto era único y de carácter autóctono. Es
probable que una lengua común, o dialectos de la misma, facilitara la unificación
política; pero nada se sabe realmente de la lengua hablada, pues en este momento de
su desarrollo cultural, los primeros textos contienen información especializada de una
naturaleza muy superficial.
Uno de los resultados de la expansión de la cultura Nagada por todo el norte de
Egipto habría sido una administración (estatal) mucho más elaborada, que a
comienzos de la I Dinastía se dirigía en parte mediante el uso de la primera escritura,
utilizada en sellos y etiquetas fijados a los bienes estatales. Las pruebas arqueológicas
del control del Estado consisten en los nombres de los reyes de la I Dinastía (serekhs)
en vasijas, sellos, etiquetas (en origen atadas a recipientes) y otros objetos hallados en
los principales yacimientos dinásticos de Egipto. Semejantes pruebas sugieren la
existencia de un sistema impositivo estatal ya desde las primeras dinastías.
Los estratos arqueológicos más antiguos de Menfis excavados hasta el momento
datan del Primer Período Intermedio, si bien los estratos de la ciudad del Dinástico
Temprano pueden estar enterrados bajo grandes cantidades de depósitos fluviales.
Hacia el oeste, las muestras obtenidas por David Jeffreys mediante perforación han
revelado cerámica tanto del Reino Antiguo como del Dinástico Temprano. Sin
embargo, en la región se conocen tumbas desde la I Dinastía, por lo que es posible
que la ciudad fuera fundada en torno a ellas. En la cercana Sakkara Norte se han
encontrado tumbas de altos funcionarios, mientras que funcionarios de todos los
niveles fueron enterrados en otros lugares de la región menfita. Semejante prueba
funeraria sugiere que la región de Menfis era el centro administrativo del Estado y
que éste ya estaba altamente estratificado en su organización social.
En el sur, Abydos siguió siendo el principal centro de culto y se ha sugerido que
fue durante la I Dinastía cuando los pequeños asentamientos predinásticos, que han
dejado unas pruebas arqueológicas más efímeras, fueron reemplazados por una
ciudad construida con ladrillo. Los reyes de la I Dinastía fueron enterrados en esta
ciudad, otro indicio de los orígenes altoegipcios del Estado. Desde el comienzo
mismo del Período Dinástico la institución de la realeza fue fuerte y poderosa,
permaneciendo así durante la mayor parte de los períodos históricos. En ningún otro
lugar de Oriente Próximo tuvo la realeza semejante importancia en fechas tan
tempranas, ni fue tan vital para el control del Estado.
Por todo Egipto se desarrollaron y se fundaron otras ciudades como centros
administrativos del Estado, pero la organización espacial de las comunidades no era
como la de la coetánea Mesopotamia meridional, donde inmensas ciudades se
organizaban en torno a grandes centros de culto. Por otra parte, tampoco fue Egipto
una «civilización sin ciudades», como se sugirió en su momento. Las ciudades y
pueblos egipcios pueden haber estado organizados espacialmente de una forma
menos rígida que los mesopotámicos y se sabe que la residencia real cambió de
emplazamiento. Debido a diferentes factores, las ciudades y pueblos del Antiguo
Egipto no se han conservado bien, o están profundamente enterrados bajo capas de
aluvión o asentamientos modernos, por lo que no pueden ser excavados. No obstante,
se ha conservado alguna que otra prueba arqueológica de estas primeras ciudades. En
Hieracómpolis, una fachada de ladrillo decorada profusamente con nichos y situada
dentro de la ciudad (Kom el Ahmar) se ha interpretado como la entrada a un
«palacio», quizá un centro administrativo del primer Estado. En Buto, en el delta, es
posible que un edificio rectangular de ladrillo fechado a comienzos de la I Dinastía,
construido sobre niveles anteriores datados en Nagada II, Nagada III y Dinastía 0,
sean los restos de un templo en el interior de la ciudad.
Con todo, la mayor parte de los egipcios del Dinástico Temprano (y de los
períodos posteriores) eran granjeros que vivían en pequeños poblados. La base
económica del antiguo Estado egipcio era la agricultura del cereal. En el transcurso
del cuarto milenio a.C. los poblados egipcios se fueron volviendo cada vez más
dependientes del cultivo del trigo y la cebada, extremadamente fructífero en el
entorno de la llanura aluvial egipcia.
Es posible que a finales del Dinástico Temprano se practicara una sencilla
irrigación mediante estanques que permitió ampliar la cantidad de tierra cultivada y
producir cosechas más abundantes. Al contrario que prácticamente cualquier otro
sistema de irrigación del mundo, éste no salinizaba el suelo, puesto que la inundación
anual del Nilo lavaba todas las sales. Dado que en esta época la lluvia caída era
insignificante, era la inundación anual la que proporcionaba la humedad necesaria en
el momento preciso del año —julio y agosto—, de modo que el trigo pudiera
plantarse en septiembre después de la retirada de las aguas. Las especies de trigo
introducidas en Egipto maduraban durante los meses de invierno y se cosechaban
antes de la primavera, cuando el retorno de las altas temperaturas y la sequía podían
echar a perder la cosecha. En este entorno era posible conseguir enormes excedentes
agrícolas y en el momento en el que éstos fueron controlados por el Estado pudieron
sostener la floreciente civilización egipcia que vemos en la I Dinastía.

También te puede interesar de Egipto :

Hathor

HathorContenido1 Hathor1.1 Santuario1.2 Capilla de Hathor En el extremo izquierdo del pórtico de Punt, el dominio de Hathor se presenta

Leer Más

Ankhtifi

AnkhtifiContenido1 Ankhtifi1.1 Edfu1.2 Desierto1.3 Nubia1.4 Textos egipcios1.5 Primer periodo intermedio1.5.1 Río Nilo1.5.2 Políticos1.5.3 Crisis egipcia1.6 Horus1.6.1 Templos egipcios1.6.2 Ritos egipcios1.6.3

Leer Más

Mentuhotep III

Mentuhotep III La madre de Senkhara Mentuhotep III (c. 2004-1992 a.C.), que fue un enérgico constructor, fue la reina Tem.

Leer Más

Periodo predinastico

Sólo un pequeño número de objetos de finales del Periodo predinastico se pueden utilizar como fuentes históricas que documentan la

Leer Más