Luxor

A 80 km al sur de Luxor, en la orilla este del Nilo, El kab, capital de la tercera
provincia del Alto Egipto, es una ciudad muy antigua que llevaba el nombre de
Nekheb. Aquí reinaba la diosa-buitre Nekhbet que encarnaba en solitario el Alto
Egipto y velaba por la titulación real. Se piensa, por lo demás, que en la época alta los
ritos de coronación se desarrollaban en el templo de Nekhbet Recordemos que los
antiguos no atribuían al buitre valores negativos, sino todo lo contrario; se le
atribuían las máximas cualidades maternales, y Nekhbet tiene precisamente como
función proteger al faraón y, a la vez, al templo mientras mantiene sus vínculos con el
cielo.
Varios santuarios, por desgracia muy degradados, como el templo de Nekhbet o el
de Thot, sólo interesarán a los especialistas. En cambio, cuatro tumbas excavadas en
la colina, a la que se accede por una escalera moderna, sin duda merecen una visita
del viajero.

Ahmosis

La más antigua es célebre por su inscripción. Cuenta cómo un héroe, Ahmosis
hijo de Abana, participó en la guerra de liberación contra los hicsos, invasores que
pusieron fin a la brillante civilización del Imperio Medio. Este soldado de
excepcional bravura relata su carrera que concluye en la marina real, y evoca sobre
todo la toma de la capital de los hicsos, Avaris. Con esta victoria, fruto del valor de la
reina Ahotep y de su segundo hijo, el faraón Ahmosis, Egipto renace y comienza el
Imperio Nuevo.[44] Por sus hazañas, Ahmosis hijo de Abana recibió collares de oro y
un dominio en el que llevó a trabajar a prisioneros de guerra. El héroe fue muy
longevo y acabó sus días en Elkab.
La tumba de Paheri (XVIII dinastía), alcalde de la dudad, es realmente notable.
Preceptor y educador de un hijo del rey al que sostiene sobre sus rodillas, Paheri
asocia a la eternidad todas las actividades que se practicaban en su dominio: labores,
siembras, almacenamiento de los cereales, recolección del lino, vendimias, caza,
pesca y ganadería. Junto con su esposa, ofrece un gran banquete que ameniza la
música de varios arpistas y flautistas.
La pesada del oro es un rito, pues ese metal, «la carne de los dioses», está
destinado al templo y a las estatuas. Y la tumba de Paheri nos revela otros ritos
vinculados a los misterios osiríacos, como la abertura de la boca o el transporte, en
una narria, del resucitado envuelto en un sudario blanco. Tras él, caminan dos
ritualistas portando un misterioso cofre provisto de dos ojos.

XVIII dinastía

Otra tumba de la XVIII dinastía, la de Renni, es comparable a la de Paheri, si bien
se halla peor conservada. Podrán verse en ella representaciones de carros y caballos,
pero también ritos funerarios, danzas, el jalado del sarcófago en presencia de las
plañideras y el descendimiento de la momia por el pozo.
Por lo que se refiere a la tumba de Setau, que data del reinado de Ramsés III,
ofrece escenas de labranza, de cosecha y de banquete, así como las representaciones
de un, sacerdote celebrando los ritos para el ka y de barcas indispensables para el
viaje por el más allá.
El kab brinda la ocasión de aventurarse un poco por el desierto, en dirección este,
para alcanzar una soberbia capillita de Amenhotep III, algunos de cuyos bajorrelieves
todavía conservan sus colores. Sin duda servía de depósito para la barca de las diosas
durante sus fiestas. Se advertirá la presencia de pilares hatóricos y se contemplará al
faraón realizando la ofrenda a Nekhbet. Una de las más hermosas escenas es el
abrazo entre el rey y Amón que pone ante la nariz del monarca el ankh, la cruz
egipcia, símbolo de la vida.