A 110 km al sur de Luxor, la ciudad de Edfu alberga un gran templo cuyo estado de
conservación es extraordinario. ¿Lo habrá protegido el señor del lugar, el halcón
Horus, para que supere así la prueba del tiempo?
Edfu, «ciudad de Apolo» según los griegos, era la capital de la segunda provincia
del Alto Egipto. Desde el Imperio Antiguo, fue una ciudad importante y rica. ¿Acaso
no era Horus a la vez hijo y sucesor de Osiris, y el dios encargado de velar por la
función real? Todo faraón reinante es un Horus dotado de su penetrante vista.
En 1798, los miembros de la expedición de Egipto comprobaron que los fellahs
habían construido sus viviendas alrededor del templo e incluso… ¡sobre su tejado!
Sólo en 1860 Mariette comenzó a desenterrar Edfu, cuya gran sala de columnas había
quedado cubierta hasta el nivel de los capiteles. Y Chassinat se encargó de otra tarea
igualmente titánica: copiar y publicar los textos, que no llenaron menos de quince
volúmenes infolio.

Templo de Edfu

A excepción de algunas degradaciones a la altura de las comisas, el gran templo
está prácticamente intacto. Le faltan dos obeliscos que precedían la entrada y los
grandes mástiles para banderolas que adornaban la fachada. Por sus dimensiones (137
m de largo, 80 m de ancho), Edfu es el mayor templo de Egipto, después del inmenso
Karnak. No olvidemos que el santuario era el centro de un conjunto sagrado cuyos
restantes elementos han desaparecido (alojamientos de los sacerdotes, almacenes,
talleres). Ante el templo, a la izquierda, hay vestigios de un mammisi. Por lo que se
refiere al lago sagrado, no ha sido excavado aún.

Horus

El edificio actual es el último de una serie de monumentos levantados a la gloria
de Horus desde el Imperio Antiguo. La colocación de la primera piedra tuvo lugar el
23 de agosto de 237 a. J. C., en el reinado de Ptolomeo III Evergetes, y la
construcción concluyó en 57. Se conocía el nombre del arquitecto: Imhotep,
evidentemente, el creador de la pirámide escalonada de Saqqara y el constructor de
todos los templos de Egipto. «Tengo el cordel con la diosa Sechat —dice el maestro
de obras durante la ceremonia de fundación—; mi mirada sigue el curso de las
estrellas; mi ojo observa la polar, establezco los cuatro ángulos del templo.»
La inauguración dio lugar a una gran fiesta a la que se unió toda la población. Se
engalanaron vestidos de lino blanco y se celebró un formidable banquete. En el menú
había vino, cerveza, buey, órix, gacela y demás sabrosos manjares. En la ciudad llena
de flores flotaban aromas de olíbano e incienso.
Horus de Behedet (Edfu) es un inmenso pájaro cuyas alas tienen la envergadura
del cosmos. En el origen de los tiempos, se inclinó sobre una caña, en el seno del
océano primordial. Con su mirada creó el mundo. Emprendiendo el vuelo, sobrevoló
la tierra y reconoció el lugar donde quería que se edificara su santuario: Edfu, que se
convirtió en «la percha de Horus».

Osiris

Existían especialistas en la cría de halcones y cada año una de las rapaces era
designada para convertirse en la encarnación del dios Horus.
Antes de llegar al templo había que cruzar una muralla que ha desaparecido casi
por completo, por encima de este muro emergía la cumbre del pilono (n.º 1). Entre
sus dos torres hay una alta puerta de madera, probablemente dorada, que ha sido
destruida. Estos dos macizos son, a la vez, las montañas de Oriente y de Occidente
entre las cuales se levanta el Sol, rodeado por dos serpientes-uraeus que lo protegen
contra las fuerzas de las tinieblas (mito de Ra), e Isis y Neftis que trabajan para la
resurrección de Osiris (mito osiríaco). En el «balcón de aparición», los sacerdotes
presentaban a la multitud el halcón elegido para representar al dios. Se accede a este
balcón por una escalera interior, puesto que los dos macizos del pilono son huecos y
comprenden varias cámaras distribuidas en cuatro pisos. En la fachada del pilono se
distinguen las ranuras que servían de alojamiento a los grandes mástiles de madera
sujetos por unas zarpas de metal.
Escena esencial: la victoria del faraón sobre sus enemigos, a los que golpea con la
maza «Iluminadora» ante Horus. «Toro, órix, caza de agua, así como todos los que te
son infieles, arden sobre tu altar —dice el rey al dios— y bebes vino y cerveza
ritualmente puros.»

Que ver en el templo de Edfu

Cruzado el pilono, desembocamos en un gran patio (n.º 2) flanqueado por una
columnata en tres de sus costados. Al fondo se encuentra la fachada de la primera
sala de columnas. Estamos aquí en la «marisma primordial» donde nacieron las
primeras formas de vida. Este patio estaba lleno de exvotos y estatuas de particulares,
acogidos así en el interior del templo.
La fachada de la primera sala de columnas (n.º 3) está cerrada por un muro que
llega hasta media altura. A ambos lados de la puerta, tres columnas. En los seis
paneles que recorren esta fachada, el rey hace ofrendas a los dioses.
A la izquierda de la entrada, un extraordinario halcón Horus, uno de los más
imponentes nunca esculpidos, aparece tocado con la doble corona, es la encarnación
de la vigilancia.
Al cruzar la puerta, prestemos atención a dos pequeñas salas. A la izquierda, la
«Casa de la mañana» (n.º 4); a la derecha, la «Casa de los libros» (n.º 5). En egipcio,
las palabras «mañana» y «adoración» están formadas por la misma raíz. Por la
mañana, cuando sale el sol, se lleva a cabo el primer acto de veneración a la luz
renaciente. Y la Casa de los libros daba acceso al conocimiento sagrado. En esta
pequeña estancia no se encontrarán anaqueles cargados de papiros sino columnas de
jeroglíficos que dan el título de las obras. Se trata, pues, de una biblioteca reducida a
lo esencial, las «manifestaciones de la luz divina [Ra]», a saber, los rituales, el libro
de las fiestas, los tratados de geografía sagrada, los de observación del cielo y el
manual de decoración del templo.
Los montantes de la puerta recuerdan que entramos en el cielo: están adornados
con escenas cósmicas, divinidades celestiales, listas de horas del día y de la noche
que permiten consumar la acción justa en el momento justo.

Salas de templo

En el interior de la primera sala de columnas reina la penumbra. Simbolizando los
tallos de las plantas originales, estas columnas, cercanas entre sí, reciben la luz
nutricia procedente de varias aberturas practicadas en el techo.
Al fondo de la sala se abre un pasaje hacia la segunda sala de columnas (n.º 6),
más pequeña que la precedente y cuyo techo está sostenido por doce columnas. Es
una sala de las fiestas que comunica con tres pequeñas estancias. La primera, a la
derecha, es la sala del Tesoro (n.º 7). Allí se indican los nombres de las regiones
mineras de donde se extraían las riquezas indispensables para embellecer el templo. A
la izquierda, la cámara del Nilo (n.º 8) que procura una inagotable abundancia. En el
laboratorio (n.º 9) se mencionan recetas de perfumes y ungüentos.
La segunda sala de columnas da a la cámara de las ofrendas (n.º 10), que
comunica con las escaleras, una de las cuales lleva al tejado del templo. Viene luego
la «cámara del medio» o sala de la Enéada (n.º 11), flanqueada a la izquierda por una
capilla dedicada al dios Min (n.º 12) y, a la derecha, un pequeño conjunto
arquitectónico que comprende un patio con un altar y una capilla (n.os 13 y 13 bis)
donde se procedía a vestir al dios.
Ante nosotros, el sanctasanctórum (n.º 14), verdadero templo dentro del templo,
rodeado por un «pasillo misterioso» al que dan las capillas.

Sanctasanctórum

En el interior del sanctasanctórum, un altar, en el cual se depositaba la barca del
dios, precede a un naos de deslumbrante belleza. Aunque la estatua divina y las
puertas hayan desaparecido, la presencia perdura. Uno tiene la impresión de que la
piedra resplandece, de que el granito reluce en una plateada penumbra. El naos
simbolizaba el cerro primordial que emergió de las aguas en los orígenes del mundo,
análogo a la pirámide.
Cada una de las capillas dispuestas en torno al sanctasanctórum tiene su propia
función: la cámara de las telas (n.º 15); el trono de los dioses o sala de la Enéada (n.º
16); la «tumba» o cámara de la cripta (n.º 17); el palacio del señor (n.º 18) y la capilla
de la cripta (n.º 19) (partes de un templo de Osiris en el interior del templo de Horus);
la «capilla de Mesen» (n.º 20) que contenía una barca y también emblemas sagrados
forjados por Horus, y que constituía la «cuna» del poder divino; la «capilla de la
pierna», dedicada a Khonsu (n.º 21); la capilla de Hator (n.º 22); la capilla de Ra (n.º
23); la capilla del trono (n.º 24), consagrada a diversos aspectos del fuego divino.

En el muro exterior del sanctasanctórum se desarrollan los episodios del «mito de
Horus», desde su nacimiento hasta su triunfo sobre las fuerzas de las tinieblas.
El «culto divino diario» comprendía tres servicios. El más importante era el de la
mañana, el segundo se celebraba a mediodía y el tercero al anochecer. Por la mañana,
el faraón (o el sumo sacerdote que actuaba en su nombre) rompía el sello que cerraba
las puertas del naos y corría el cerrojo. Contemplaba la estatua donde se encarnaba la
energía divina, a la que despertaba «en paz» mediante las fórmulas de conocimiento.
Luego alimentaba la potencia creadora, la vestía y la incensaba. A continuación
cerraba las puertas del naos, se alejaba retrocediendo y borraba las huellas de sus
pasos. Un silencio perfecto reinaba de nuevo en el sanctasanctórum. A mediodía, el
naos permanecía cerrado, se renovaban las aspersiones y fumigaciones. Al anochecer,
se procedía a una fumigación por incienso y se llevaba a cabo un último ritual de
ofrenda. La divinidad iba a afrontar las tinieblas, la existencia del mundo quedaba en
suspenso hasta el alba siguiente.

Faraones

Edfu es también la fiesta en sus múltiples aspectos, que conocemos gracias a los
textos del templo. Ya hemos evocado la fiesta de la coronación del halcón que
reactualizaba la del faraón. Estaba asociada a la fiesta del Año Nuevo en la que se
revelaba la potencia de la luz que animaba el «palco del Halcón».
Durante el cambio de año, el mundo corría el peligro de volver a sumirse en el
caos, pues al finalizar el ciclo tanto las estatuas como los símbolos quedaban
«agotados». Era necesario por lo tanto recargarlos y, para lograrlo, se celebraba el rito
de la «unión con el disco solar». Portando las estatuas divinas, una procesión
ascendía hasta el tejado del templo el día de Año Nuevo.[45] A la cabeza iban el rey y
la reina, seguidos por los sacerdotes llevando máscaras con la efigie de las
divinidades y por nuevos ritualistas cargados con el naos. Se dirigían hacia el
«quiosco de regeneración», situado en la esquina nordeste. La luz del Nuevo Año
iluminaba los objetos y las estatuas y les devolvía la potencia necesaria para el
cumplimiento de los ritos.

Horus contra Seth

La fiesta de la victoria recordaba la lucha de Horus contra Seth. Cada año, los
sacerdotes representaban este drama litúrgico que tenía como escenario el lago
sagrado, habitado entonces por una temible criatura, el hipopótamo de Seth, que
amenazaba la paz y la armonía. Horus, el arponero, lideraba una expedición para
impedir que causara daños. Preocupada por la temible fuerza del hipopótamo, Isis
protegía a su hijo. Del resultado del combate dependía la suerte del mundo. Con su
arpón, Horus golpeaba al hipopótamo dos veces, de modo que cada golpe alcanzara a
un órgano vital. El monstruo era despedazado y Egipto quedaba purificado del mal,
las puertas del rielo se abrían y se celebraba el triunfal regreso del salvador.
La fiesta del nacimiento divino se celebraba en el mammisi. Allí veía la luz, bajo
la protección de las divinidades, un nuevo Horus encargado de reunir las Dos Tierras.
Cada año, Faraón volvía a ser joven, contemporáneo del origen de los mundos,
gracias al amamantamiento de la diosa madre que le ofrecía el líquido nutricio del
cielo.

Hathor

La fiesta del matrimonio sagrado de Horus de Edfu y Hathor de Dendera, «la
perfecta unión», daba lugar a grandes regocijos. Hator viajaba en barco e iba a pasar
dos semanas con su divino esposo. Se dirigían al desierto, al lugar donde descansaban
los «dioses muertos» en el origen de la creación. Los devolvían a la vida, mientras
duraba la fiesta, obteniendo de ellos que derramaran la alegría en el corazón de los
hombres y garantizaran la prosperidad de los cultivos.
Numerosos sabios vivieron en aquel lugar privilegiado. Uno de ellos era Isi, visir
del faraón Teti (Imperio Antiguo). Juez equitativo, nunca pronunció una mala palabra
contra nadie, siempre dijo la verdad e hizo el bien. Tan gran dignatario fue a acabar
sus días en Edfu, donde fue beatificado.
No hay mejor modo de concluir esa visita a Edfu, excesivamente breve, que con
estos extractos de la Regla grabada en los muros del edificio: «Todos vosotros, que
tenéis acceso a los dioses, vosotros que estáis de servido mensual en el templo de
Horus el gran dios, señor del cielo, volved vuestros rostros hacia esta morada donde
Su Majestad os ha colocado. Él viaja por el cielo pero ve lo que aquí abajo ocurre.
Está satisfecho de vosotros cuando todo es conforme con la rectitud. No hagáis
iniciación abusiva; no penetréis en el templo en estado de impureza; no digáis
mentiras en este santuario; no aceptéis la corrupción. No hagáis diferencia entre un
pobre y un hombre poderoso; no incrementéis el peso y la medida; no reveléis lo que
habéis visto en los misterios de los templos; no os arriesguéis a robar los bienes de
Dios; guardaos de concebir en vuestros corazones un pensamiento profano. Más rico
de realidad es un instante pasado al servicio de Dios que toda una existencia de
opulencia.»

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