A 947 km al sur de El Cairo, Asuán se ha convertido en la ciudad de la gran presa.
Pese a la urbanización que poco a poco destruye el antiguo paisaje, el paraje de la
capital de la primera provincia del Alto Egipto sigue siendo un lugar de agradable
estancia.
Se podrá pasear por el magnífico jardín de la isla Kitchener, dar un paseo por el
río en falúa, ir a la isla Elefantina para visitar las ruinas del templo de Khnum o el
museo de Nubia donde se exponen obras importantes. Citemos el coloso de Ramsés
II procedente del templo sumergido de Gerf Hussein, la capilla de User-Satet (época
de Amenhotep III), un carnero momificado con máscara de oro, una estela de
Piankhy, el rey nubio que se convirtió en faraón después de conquistar Egipto o,
también, algunos bajorrelieves que datan de los tiempos de Horemheb y de Ramsés
II.
En la época antigua, Asuán marcaba la frontera con Nubia. Funcionaba allí una
puntillosa aduana y se celebraba un gran mercado donde era posible encontrar
productos procedentes de África: oro, marfil, ébano y pieles de animales. El propio
nombre de Asuán significa «comercio».
Desde el Imperio Antiguo, los faraones enviaron expediciones para explorar esta
lejana región y se edificó una fortaleza para impedir que los nubios invadieran
Egipto.
Lo que se denomina «catarata» es una sucesión de rocas que dificultaba hasta
hacer imposible la navegación en ciertos momentos del año. Para suprimir tales
dificultades, el faraón Sesostris III hizo excavar un canal.
Lo fundamental es que allí se encontraba la misteriosa caverna donde nacía el
Nilo. Esta gruta contenía una serpiente, símbolo de los ciclos naturales, y un dios
Nilo de colgantes mamas. Sostenía dos vasijas: una contenía agua celestial y la otra el
agua terrenal. Khnum ponía en marcha la inundación al correr los cerrojos que
mantenían cerradas las puertas de la caverna y levantando sus sandalias que
contenían las aguas.
Los egipcios no consideraban el Nilo como una simple corriente de agua, sino
como un río celestial que tenía su doble en la tierra. En la «estela del hambre» se
evoca algunos años difíciles durante los cuales la crecida era insuficiente. Las
reservas de alimentos se agotaban y el hambre amenazaba. El faraón Zoser pidió a su
maestro de obras Imhotep que realizara una investigación a fin de averiguar las
causas de esta situación. Gracias a la consulta de viejos textos conservados en
Hermópolis, el sabio advirtió que las prescripciones rituales no se habían respetado.
Para apaciguar la cólera de Khnum, hubo que hacerle una gran ofrenda. Todo volvió
al orden y la crecida reapareció.

En la isla Elefantina, además del templo de Khnum, que, a juzgar por sus
vestigios debía de ser un edificio espléndido, se encontraba un pequeño santuario
dedicado a un sabio, Heka-ib, un gran personaje de la VI dinastía. Merece la visita el
célebre nilómetro, una escalera de piedra de noventa peldaños. En sus paredes se
advierten unas marcas que corresponden a las graduaciones en codos que permiten
medir la altura de la crecida. Aquí, el griego Eratóstenes procedió en 230 a. J. C. a
medir la circunferencia de la Tierra. Redescubierta más que descubierta al parecer,
pues es probable que los técnicos de los templos egipcios la conociesen ya.

Asuán era famosa por sus grandes canteras de las cuales se extraía sobre todo un
soberbio granito, aunque también gres y diorita. Allí iban los maestros de obras a
buscar las piedras necesarias, sin preocuparse por la distancia que debían recorrer. Se
construían además barcas adaptadas para la carga, y puede admirarse la organización
del trabajo que permitía el transporte de obeliscos y bloques monumentales.
En las canteras, el sol suele ser implacable. Se refleja en las rocas y el calor
aplasta un paisaje totalmente árido. Pueden verse las huellas de los canteros y un
obelisco llamado «inconcluso» de una longitud de 42 m y un peso aproximado de
1.200 toneladas. Una grieta, sin duda debida a un temblor de tierra, apareció en el
granito y el gigantesco monolito que habían comenzado a desprender fue abandonado
en este lugar.

En la orilla izquierda del Nilo, frente al Asuán moderno, se levanta un acantilado
en el que se abren algunos agujeros. Son las entradas de las tumbas de los notables de
Asuán, que datan de finales del Imperio Antiguo y del Imperio Medio. Es posible
distinguir fácilmente las largas rampas que permitían izar los sarcófagos desde la
ribera.
Los personajes inhumados en este lugar fueron excelentes administradores pero
también aventureros y exploradores del Gran Sur. Citemos a Hirkhuf que realizó
varios viajes a Nubia e inauguró numerosas pistas, a veces a costa de graves
enfrentamientos con algunas tribus. ¡Pero qué orgullo llevar a Egipto trescientos
asnos cargados de incienso, ébano, marfil o pieles de pantera! Hirkhuf llegó hasta la
fértil región de Dongola, donde se desarrollaron las civilizaciones de Kerma y Kuch.
El explorador, que hablaba varias lenguas africanas, también llevó a cabo
expediciones no menos peligrosas por el desierto líbico. Pero su mayor título de
gloria, para el jovencísimo faraón Pepi II, fue haber descubierto… un pigmeo. Puesto
que el pequeño monarca nunca antes los había visto, escribió una carta a Hirkhuf
ordenándole que tratara con el mayor cuidado a aquel inesperado tesoro. El
aventurero acompañó al pigmeo hasta la residencia real, despertando diez veces cada
noche para comprobar que su pasajero estuviera bien de salud. Sano y salvo, el
pigmeo bailó para el faraón del tal modo que alegró en grado sumo su corazón.
El paraje es grandioso, la vista espléndida, entre las tumbas citaremos, sobre todo,
las de Sarenput I y Sarenput II, donde se podrán ver estatuas del difunto como Osiris.
En la pared, cerca de la entrada de su última morada, Sarenput I mandó representar a
sus dos animales preferidos, un hermoso y esbelto lebrel y una vieja perra de mamas
muy visibles.
No olvidemos tampoco esta plegaria formulada por uno de los habitantes de estas
tumbas: «Si tenéis la bondad de doblar los brazos en el gesto de la ofrenda, el día en
que Elefantina esté enfiestas, si pronunciáis mi nombre: éste será un servicio más útil
a quien lo presta que a quien se beneficia de él; no produce fatiga alguna, sólo se
trata del aliento de los labios.»
Otro extraordinario texto de la tumba de Sarenput, que muestra la magnitud de la
experiencia espiritual de los antiguos egipcios, reza así: Me he sentido jubiloso, pues
me han hecho tocar el cielo, mi cabeza ha perforado el firmamento, he rozado el
vientre de las estrellas; he alcanzado la alegría, brillaba como una estrella, danzaba
como una constelación.

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