Dos templos desplazados en Abu Simbel

El extraordinario paraje de Abu Simbel, que se hallaba enterrado en parte.
Champollion pasó allí horas de exaltación. Quien haya tenido la suerte de visitar los
dos santuarios excavados en la montaña, antes de que Nubia fuera destruida por el
lago Nasser, guarda de ello un recuerdo inolvidable.

La construcción de la gran presa de Asuán obligó a trasladar el «gran templo» de
Ramsés II y el «pequeño templo» de Nefertari. Una vez se abandonó la idea de
construir un dique que habría permitido mantenerlos en su lugar, se decidió dividirlos
en fragmentos y volverlos a reunir a 210 m al noroeste del paraje original y a 63 m
por encima, adosados a una colina artificial. Los trabajos duraron desde 1963 a 1972.

Abu Simbel era el corazón de la Nubia sagrada a la que Ramsés II consagró
tantos esfuerzos. Allí se construyó lo que puede considerarse la obra maestra
arquitectónica de su reinado, implantada en un paraje desértico e inaugurada el año
24.

El gran templo de Ramsés II

Ramsés no construyó menos de siete templos en Nubia, pero éste es el más colosal;  una fachada de 30 m de alto por 35 de ancho, cuatro estatuas gigantescas que superan los 20 m de altura.

Llevando las coronas del Alto y el Bajo Egipto, con la serpiente uraeus en la
frente y provistos de la barba postiza, los colosos, sentados en el trono, expresan un
formidable poderío. Bajo sus sandalias, los enemigos del rey han sido vencidos para
siempre.

Estamos en presencia del ka de Ramsés elevado a la potencia Cuatro o, dicho de
otro modo, de su dominio de las cuatro direcciones del espacio. El «Toro amado por
Maat» afirma su poder, que no es tiranía sino fuerza de vida.
En el trono de los colosos, los dioses Nilo anudan papiros y lises, llevando a cabo
el acto ritual de la «unión de las Dos Tierras».

Colosos

Entre los colosos aparecen figuras femeninas de apariencia muy frágil con
respecto a sus inmensos protectores. Son la madre, la esposa y las hijas de Ramsés II.
Su papel nada tiene de decorativo; muy al contrario, es fundamental, puesto que
mantienen la energía del ka y le permiten estar presente en los colosos.

Por encima del portal, en una hornacina, se encuentra un dios con cabeza de halcón: Re-Horakhty, el sol naciente, tantas veces celebrado en los templos nubios de
Ramsés. En la mano izquierda, sostiene el cetro user, en la derecha, una efigie de la
diosa Maat; y en su cabeza se encuentra el disco solar donde se encarna Ra: así se
proclama uno de los nombres de Ramsés, User-Maat-Ra, «Poderosa es la armonía de
la luz divina».

Estructura del templo

En lo alto de la fechada, veintidós cinocéfalos forman un friso de coronación.
Lanzan gritos de alegría para saludar la victoria de la luz sobre las tinieblas.

A la izquierda, al sur de la fechada, tres estelas. Una de ellas (n.º 2) recuerda un
importante acontecimiento. En lo alto de la estela, el faraón sentado entre Amón-Ra y
Ptah. Se acercan a él una muchacha seguida por su padre, que no es otro que el rey de
los hititas a los que Ramsés combatió para impedir que invadieran Egipto.
Comprendiendo que el conflicto terminaría en un desastre para sus pueblos, los dos
soberanos decidieron hacer la paz y la firmaron con un tratado. Para celebrar el gran
acontecimiento, el rey hitita ofreció en matrimonio una de sus hijas a Ramsés, en el
año 34 del reinado. Esta «estela del matrimonio» pone de relieve el carácter
pacificador de un faraón que efectivamente realizó la hazaña de establecer la paz en
el Próximo Oriente.

Salas del templo de Abu Simbel

En la pared norte de la sala ubicada en Abu Simbel se desarrollan los episodios de la famosa batalla de Kadesh, una plaza fuerte construida a orillas del Orontes. Inspiró un poema épico que Ramsés hizo figurar en varios edificios, por ejemplo en Karnak, en Luxor y en el Ramesseum. Abu Simbel conserva la versión más legible de este drama consagrado al enfrentamiento entre egipcios e hititas.
En la parte inferior de la pared, se ve al faraón celebrando un consejo de guerra.
Dos prisioneros acaban de ser capturados. En realidad, son espías hititas a los que se
encargó «desinformar» a los egipcios para atraerlos a una emboscada.

En la parte superior de la pared, se advierte la eficacia de esta estratagema. Los
cuerpos del ejército de Faraón han sucumbido al pánico, se encuentra sólo en su carro
de guerra con su león doméstico como único aliado. Ramsés no comprende qué le
sucede y dirige un grito de desamparo a Amón: «¿Quién eres tú, pues, Padre mío, el
dios oculto? ¿Olvida un padre a su hijo? ¡Yo te invoco, padre mío!».

Dioses en Abu Simbel

El Padre atiende la voz de su hijo y no le abandona. Su espíritu desciende en él.
Para un rey, Dios vale más que miles de soldados. Dotado de una fuerza
sobrehumana, Ramsés se transforma en fuego, en tormenta, en huracán. Dispersa así
a sus adversarios, sus tropas regresan para ayudarle y consiguen la victoria.
En esta gran sala no sólo reina el estruendo de las armas.

En el muro sur, Ramsés arrodillado ante el árbol sagrado de Heliópolis, sobrevolado por un escarabeo, está ante Re-Horakhty mientras Thot inscribe los nombres del faraón en las hojas. Y en la esquina sudoeste del mismo muro puede admirarse una escena extraordinaria: frente a
una montaña en la que se encuentra Amón, Faraón presenta una ofrenda que hace
brotar de la roca una gran serpiente coronada. El rey se convierte así en depositario
de la potencia vital de las profundidades que se transformará en «tercer ojo», el uraeus.

A izquierda y derecha de la sala de pilares osiríacos se abren capillas rectangulares que se consideran como estancias para guardar los objetos rituales. La presencia de varias grandes divinidades (Atum, Amón-Ra, Ptah, Thot, Horus, Hathor, Isis…) nos incita a pensar que, además de esta función probable, dichas salas servían también para entrar en conocimiento de las fuerzas divinas.

Santuario de Abu Simbel

Prosiguiendo nuestro camino hacia el sanctasanctórum, atravesamos una sala con cuatro pilares de poderosa apariencia. Su decoración se consagra a las ofrendas, a las barcas sagradas y al encuentro del rey con los dioses. En la sala más pequeña aún que precede al santuario, Faraón hace ofrenda de vino, pan, incienso y flores, y presenta Maat a Thot.

Llega por fin el santuario, en el corazón de la montaña. Ante cuatro estatuas hay un altar que tal vez sirviera de depósito de barca y que simboliza la piedra fundamental del templo. Las cuatro estatuas están esculpidas en la roca viva, indisociables por lo tanto de esta materia prima sacralizada por los escultores. ¿Quiénes son? Amón-Ra, soberano de Tebas; Ra-Horakhty, soberano de Heliópolis; Ptah, soberano de Menfis. Ahora bien, dicen los textos, tres son todos los dioses, y los tres son precisamente éstos. Representan el universo divino en su totalidad. La cuarta estatua es la de Faraón o, más exactamente, de la función faraónica expresada por su ka.

Dos veces al año, los días 20 de febrero y 20 de octubre, los rayos del sol atraviesan el templo para llegar hasta el sanctasanctórum, pero sólo iluminan tres estatuas, nunca la de Ptah. El dios de la creación a través del Verbo, señor de los artesanos, permanece protegido en el secreto.

El templo de Nefertari

A unos 100 m al norte del gran templo de Ramsés II se edificó otro santuario en honor de la Gran Esposa real Nefertari, «Aquélla por la que el sol se levanta». Seis colosos de 10 m de altura, de pie y en posición de marcha, sobresaliendo del plano del acantilado, forman la impresionante fachada. Dos de ellos encarnan el ka de la reina, soberana de la dualidad, «La que ve a Horus y Seth» en el mismo ser, y los otros cuatro, el ka del rey.

Nefertari lleva un tocado compuesto por dos altas plumas y cuernos entre los que
aparece un sol. Es a la vez Hathor, una diosa del cielo y la soberana de Nubia, y
maneja los sistros que propagan armoniosas vibraciones.
Acompañan a Ramsés pequeñas estatuas de hijos reales; junto a Nefertari, las
hijas reales. Unos y otras actúan como sacerdotes y sacerdotisas del ka.
El plano del templo, donde se han conservado en buen estado colores como el
amarillo, el negro y el rojo, es sencillo: una sala de seis pilares cuadrados que da
acceso, a través de tres puertas distintas, a un vestíbulo que precede al
sanctasanctórum.

Ramsés

Está presente en el santuario de su esposa y cumple en él dos funciones:
la de jefe de guerra, vencedor sobre las fuerzas de las tinieblas, y la de ritualista que
hace ofrendas a las divinidades. Sin embargo, la atmósfera del templo de la reina es
distinta de la que corresponde al del rey. Los pilares están coronados por una cabeza
de Hathor, soberana del amor y de la alegría, hay numerosas ofrendas florales y la
larga silueta de Nefertari ilumina los lugares con su gracia. Aquí reina el encanto
mágico de la reina.

En la entrada del templo el rey ofrece flores a Hator, y la reina hace lo propio a
Isis. En el reverso de la puerta, Ramsés, magníficamente protegido por
Nefertari y por su ka, somete a los nubios y a los asiáticos en presencia de Amón-Ra
y Horus.

En los pilares, ofrendas de flores a las divinidades. En el muro de la izquierda,
mirando al santuario, se ve al rey en el momento de recibir el collar menat de parte de
Hator, que le asegura con ello una fecundidad espiritual (n.º 3). A continuación es
coronado por Horus y Seth (n.º 4), una escena que insiste en el carácter creador de
éste. La reina ofrece sistro y flores a Anukis, mientras el rey presenta Maat a
Amón-Ra.

Hathor

En el muro de la derecha, la reina, «provista» de un sistro y de flores, se
encuentra con Hathor; el rey ofrece flores a un dios con cabeza de camero,
Harsaphes. La reina está frente a Hathor de Dendera, esposa de Horus de
Edfu, el rey ofrece vino a Re-Horakhty.

En el muro este del vestíbulo admiraremos una escena extraordinaria tanto por su
tema como por su calidad artística: la coronación de Nefertari por Hator e Isis (n.º
11). Por encima de la puerta de la capilla de la izquierda, la reina ofrece flores a
Hator, encarnada en el cuerpo de una vaca, llevando el sol entre sus cuernos e
instalada en una barca, en medio de una espesa mata de papiros.

Al ofrecer flores a la diosa Ptah-Uret, «la grande», la pareja real actúa
para que la potencia celeste anime la creación entera. Y el faraón ofrece flores a
Hator en su barca para que la diosa experimente el gozo y placer de los
perfumes más sutiles.

Amón-Ra

A ambos lados de la puerta del sanctasanctórum en Abu Simbel , el rey ofrece flores a tres Horus
y vino a Amón-Ra, flores a Khnum, Satis y Anukis (una tríada divina
especialmente venerada en Nubia) y vino a Re-Horakhty (n.º 16). El aroma de las
flores está vinculado a los misterios de Hator, el vino a los de Osiris.
En el sanctasanctórum (n.º 17) la pareja real está acompañada por dos diosas
madre, Hator y Mut. En la pared del fondo, en el punto más secreto del templo, la
vaca Hator emerge del otro mundo, cruzando la frontera de la roca para revelar, sobre
su pecho, el ka real que tanto la diosa como la reina tienen el deber de traer al mundo
cada mañana.

Un templo dedicado a Horus y al rey, el otro a Hator y a la Gran Esposa real: Abu
Simbel ilustra de un modo monumental la absoluta necesidad del matrimonio sagrado
con el que las dos entidades, originales e irreductibles una en otra, forman el ser
único de Faraón.
Más al sur, en los parajes de Soleb y de Sedeinga, se utilizó el mismo simbolismo.
Allá se celebraba el matrimonio de Amenhotep III y Tiyi. Y debemos recordar que,
cada año, Hator de Dendera y Horus de Edfu vivían la fiesta de «la perfecta reunión».
Con esta última etapa de nuestro viaje, de norte a sur, estamos ante uno de los
secretos principales de la civilización egipcia, la conciliación de los contrarios en un
tercer término, la superación de la dualidad mediante la creación de un ser de luz,
modelado por las divinidades para asegurar, en la tierra, el reinado de Maat.

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